Crónicas y Reportajes/Opinión

Refugiados: El ataque de los muertos vivientes

publicado en   Revista Pluralis

por Ricardo Abdahllah

Para evitar empezar con la hora (son las cinco y media de la tarde) podría también empezar por la temperatura. 32 grados que parecen más luego de haberlos pasado una hora en un bus lleno y las dos o tres siguientes caminando por una carrilera que hace varias semanas está cerrada al tráfico ferroviario porque no deja de pasar gente. Todos llevan maletas. Algunos morrales de caminante, pero otros, las mujeres mayores, bolsas de mercado en las que transportan agua y comida para el camino y un par

Horgos, al norte de Serbiade mudas de ropa. Cuando los niños se cansan, hay que cargarlos en los brazos. La frontera no es el muro que los húngaros anuncian tan orgullosos. Es un alambre de púas enredado, lástimero. Los que van a cruzarla llevan un par de años sobreviviendo en ciudades devastadas, han sido golpeados por el ejército de Bachar-Al Assad o los paramilitares que lo apoyan (en todas partes se cuecen paras). Han huído a pie, cuando supieron que el Estado Islámico se acercaba al pueblo en una caravana de camionetas 4×4. Yo he visto que cortar la reja toma unos minutos siempre y cuando no haya, en el camino destapado paralelo por el lado húngaro, una patrulla de policía.

Hoy hay una patrulla de policía. Los que están demasiado cansados como para que les importe ser detenidos y tener que dejar sus huellas digitales, pasan de todas maneras. El resto esperan la noche. Por esa misma carretera llegan dos autos. Camionetas 4×4. Desde el calor de este lado, uno no puede sino imaginarlas climatizadas.

De una de ella baja un hombre con una cámara fotográfica enorme y un maletín en el que supongo transporta sus objetivos. Su chófer se queda en el auto. El hombre de la cámara se acerca, vé mi cámara. La mía es más pequeña. Estoy acostumbrado a ese tipo de situaciones. Sin darme la mano me pregunta cómo ha estado la cosa. Le digo que los buses y taxis dejan a los refugiados en el último lugar en Serbia en el que una carretera asfaltada cruza la carrilera, que he estado todo el día caminando por ahí ida y vuelta.

“¿Y por dónde pasan por debajo del alambre?”

“No pasan. Ahí está la policía…

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