Opinión

Las estatuas de la 26 y el nombre de mi país


Según lo que sé las dos estatuas todavía existen. Según lo que sé,  durante muchos años las movieron de lado en lado por Bogotá. En mis recuerdos siempre han estado allí donde la Calle 26 se trasforma en Avenida El Dorado, donde uno cambia de dirección si va al Aeropuerto o a Álamos o a Fontibón.  Donde mi papá, cuando tuve, decía que los carros desaparecían como en el Triángulo de las Bermudas, lo que vine a entender muchos años después era una referencia a los moteles de la zona.

Según lo que sé, la gente se refería a las dos estatuas como las de los reyes católicos.

Según lo qué sé, con los televisores de plasma y LSCD, nadie sabrá más qué eran los rayos catódicos.

En realidad los personajes del monumento son Isabel I de Castilla, la católica y Cristóbal Colón. Si en lugar del admirado almirante, estuviera el rey Fernando II de Aragón, todo lo que voy a decir de aquí para abajo seguiría siendo válido, pero podría cortarlo diciendo que si algo el mundo debería aprender de Francia es cómo solucionar de tajo el problema que representa la existencia de una monarquía.

Pero como es Colón, el hecho de que el monumento siga en pie no sólo es arcaíco sino humillante: las estatuas de la 26 son un tributo a quien financió la peor tragedia de una parte del mundo que ha vivido muchas y al tipo que gracias a ese auspicio se ahorró el Crowdfunding y abrió el camino para los que arrasaron las civilizaciones, los modos de vida y los pueblos que existían al occidente de la isla de San Salvador.

Colon_Bogota_1

Así como, apenas pudieron, los iraquiés tumbaron las estatuas de Hussein y las víctimas del estalinismo derribaron los símbolos soviéticos y en esta época en la que los monumentos a los confederados van desapareciendo de las plazas de Estados Unidos y la exhumación de Franco en España es sólo una cuestión de trámite, deshacernos de esas estatuas, qué sé yo, oxidándolas a punta de orines y escupitajos o fundiéndolas para hacer un monumento al maíz, sería un paso esencial para un país que debe continuar repensando una historia que durante cinco siglos se construyó a partir del elogio de los invasores.

A nadie se le ocurriría llamar al Doce de Octubre el día del “Descubrimiento”, menos aún “Día de la raza” y supongo que en ningún colegio se siguen realizando representaciones como las que les tocó a mi generación en las que los españoles, con medias negras veladas y cascos en papel aluminio, evangelizaban a los indios, con taparrabos hechos de plástico de bolsas de basura. Avanzamos, pero hay que seguir el ejemplo que quienes consideran igualmente caduca la expresión fácil y conciliadora de “encuentro de dos mundos” que se puso de moda en el Quinto Centenario y hablan del Doce de Octubre como una fecha que debe recordarse con dolor porque marca el comienzo del genocidio y al mismo tiempo con orgullo porque es el punto de partida de la resistencia indígena.

Saldrán los hispanófilos recalcitrantes, que tristemente hasta jóvenes los hay, a decir que empezando por el idioma que hablamos le debemos mucho a esa Madre Patria al otro lado del Atlántico. Puede ser: pero, la componente hispánica de nuestra cultura es hija del rapto y la violencia. Y nadie va a pedirle al hijo nacido de una violación que rinda homenaje a su padre sólo porque le heredó el color de los ojos.

Así que, en este idioma que no pedí pero es el mío, escribo para decir que ese monumento no puede seguir en pie y que, así como muchos países y ciudades de Africa retomaron sus nombres ancestrales cuando lograron la independencia, va siendo hora de qué pensemos en la vergüenza de seguir llamándonos “COLOMBIA” como si algo le debiéramos al bandolero que en esa estatua señala con el dedo las montañas con la arrogancia de quien cree que esta tierra le pertenece.

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