Crónicas y Reportajes/Periodismo

Los niños que no murieron en la playa

El Espectador estuvo en la frontera entre Serbia y Hungría, dos de los países que hoy están desbordados por la llegada masiva de refugiados.

por Ricardo Abdahllah publicado en EL ESPECTADOR

Puede que Marine Le Pen lo repitiera porque todo mundo lo estaba diciendo o puede que todo mundo empezara a repetirlo porque Marine Le Pen lo dijo: casi todos los refugiados que desde el final del verano intentan alcanzar Europa serían “hombres en edad de combatir”. La afirmación crea sobre ellos una doble sospecha: o están infiltrados por terroristas o son demasiado cobardes como para luchar por su libertad, pero ignora que “estar en edad de combatir” es una de las mejores razones para huir de la guerra. Numerosos refugiados han expresado que, de hecho, escapan del reclutamiento forzado que les esperaba en las filas del Estado Islámico o de las fuerzas leales a Bachar al-Asad, las dos fuerzas que, con excepción de las zonas kurdas, controlan el territorio sirio.

Que la frase además es inexacta se sabía por las estadísticas tanto de la Cruz Roja Internacional como de la Policía húngara, que muestran que entre 13 y 15% de los refugiados son menores de edad, pero se necesitó la fotografía de Alyan Kurdi boca abajo en una playa de Turquía y la tragedia de una familia en la que sólo sobrevivió el padre, para convencer a la opinión pública de que los adultos no dejan a sus niños atrás al huir de las ciudades en ruinas de Siria o de los campamentos insalubres de Líbano y Jordania.

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Una muñeca rubia

Que hay niños y muchos entre los refugiados es evidente en las rutas que desde Grecia llevan hacia el norte y en los lugares en los que se reúnen a lo largo de su ruta hacia Europa: campamentos, estaciones de bus y tren y playas en las que es posible desembarcar.
Palic es una ciudad de 7.000 habitantes en el norte de Serbia. Aunque los lugareños saben que cada día llegan refugiados, sólo quienes viven o trabajan en las calles aledañas a las vías del tren son conscientes de su presencia y se han acostumbrado aLa sed de Sarina que haya algunas familias que, a lo largo de la tarde, se aprovisionan sobre todo de agua y chocolatinas en los supermercados del barrio, esperando el anochecer: el calor del día hace a la vez imposible la caminata y el paso bajo la alambrada que ha instalado la policía húngara, mientras termina de construir su famoso muro de cuatro metros de alto. Cortar la parte baja de la alambrada no tiene mayor misterio. Sólo se necesita tiempo. En la noche las luces y el ruido de las patrullas de policía las anuncian desde lejos y les dan a los refugiados el tiempo de esconderse en los matorrales.

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