Crónicas y Reportajes/Periodismo

Co -colaboradora, Chanel y su apoyo a los nazis

publicado en EL ESPECTADOR

 

Cuando tras cuatro años de restauraciones el Ritz de París reabrió sus puertas, volvió a hablarse, entre otros detalles recurrentes, de la lista de los espacios del hotel nombrados en honor a sus más ilustres huéspedes: Salón Proust y las suites “María Callas”, “Francis Scott Fitzgerald” y “Charles Chaplin”.

Ninguno de esos lugares, tal vez sólo el Bar Hemingway, sin embargo, le da la talla a la suite “Coco Chanel”, donde una noche cuesta 18.000 euros, en temporada baja, un precio superior al salario mínimo anual de un trabajador francés se explica no sólo porque la habitación-apartamento de 155 metros cuadrados conserva la decoración que le dio la diseñadora a quien se le atribuye haber liberado la moda femenina, sino por la historia íntima que ata a Gabrielle Bonheur Chasnel, Coco Chanel, con el Ritz. El hotel no sólo fue su hogar durante diferentes períodos que sumaron más de 35 años de su vida (y allí murió en enero del 71), sino que incluso tuvo el honor de conservar sus derechos de huésped cuando, bajo la ocupación nazi, el edificio fue convertido en la sede francesa de la Fuerza Aérea Alemana, la residencia del mariscal Hermann Göring y el alojamiento de los más altos dignatarios e invitados del Reich.

Las razones para acordarle a Chanel un tal privilegio no tenían nada que ver con la moda.

“Si hubiera que definir su vida en una palabra, ésta sería ‘doble’”, dice Colombe Pringle, exdirectora de la edición francesa de Vogue.

Chanel, de sangre aria

Pringle señala que la segunda mitad de los años treinta había sido dura para Chanel. Los negocios marchaban bien, pero la reglamentación sobre el salario mínimo empezó a ser aplicada, y ante la negativa de la gran patrona de la moda de reconocer a los cerca de tres mil obreros de su fábrica de confecciones el derecho a las vacaciones pagadas, éstos se unieron a las huelgas nacionales de 1936.

Como otros de los empresarios de la época, Chanel veía en las reinvidicaciones salariales una influencia judío-bolchevique y en los nacional-socialistas alemanes una protección contra las exigencias, que consideraba excesivas, de sus trabajadores. La declaración de la guerra y la pronta rendición de Francia le dio la excusa para despedirlos a todos y dedicarse exclusivamente al negocio de la perfumería. Cuando París fue ocupada sin oponer resistencia, Chanel continuó su vida social en el Ritz como pareja de Hans Günther von Dinklage, “un diplomático alemán que amaba las mujeres bellas y la vida fácil”, como lo define Pringle.

Y que, además de todo, reportaba directamente a Goebbels, el ministro de propaganda del Reich.

“Ella se justificaría después diciendo que a los sesenta años y frente a una pasión tan fuerte uno no se pone a mirar el pasaporte de sus amantes”, comenta Christope Agnus, exreportero del semanario L’express, para el que escribió en varias ocasiones sobre la diseñadora.

En realidad, las afinidades de Chanel con los nazis iban mucho más allá del desprecio por los comunistas y de la simpatía por conveniencia, de la que también se valieron artistas como Sacha Gutry y Edith Piaf. La creadora de moda, que había logrado comenzar la producción y comercialización de su “N° 5” gracias a la inversión del comerciante judío Pierre Wertheimer, era una virulenta antisemita.

“Me ofrezco como compradora de la totalidad de las acciones de Perfumes Chanel que todavía son propiedad de judíos y que usted tiene por misión ceder o hacer ceder a personas de raza aria”, escribió Chanel al delegado francés de los alemanes para la arianización de las empresas. Su objetivo era recuperar la parte de Wertheimer, quien entonces se había refugiado en Estados Unidos.

Uno de sus empleados de confianza, Félix Amiot, intentó oponerse a la expropiación. Los periodistas Bruno Abescat e Yves Stavidres, autores del reportaje Tras el Imperio Chanel, afirman que terminó torturado en los calabozos parisinos de la Gestapo sin que Chanel, quien supo de la situación y tenía el poder de intervenir para su liberación, moviera un dedo en su favor. Las ventas del “N° 5” durante la guerra le representaron a Coco Chanel, que no tuvo que repartirlas con sus socios judíos, un beneficio de US$25 millones.

 

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Foto: Roger-Viollet

 

 

La elegante agente Westminster

Durante décadas las biografías de Chanel, como todavía ocurre con las de Edith Piaf, pasaron por encima la primera mitad de los años cuarenta, saltando del cierre de la fábrica a la fuga de la diseñadora a Suiza, donde vivió diez años temiendo que si regresaba a Francia tuviera que pasar por uno de los tribunales de “purga” establecidos tras el final de la guerra para juzgar a quienes colaboraron con los nazis. Desde el exilio delató a varios colaboradores que no huyeron a tiempo, el más notorio de ellos el barón Louis Piscatory de Vaufreland y luego pagó a la familia del oficial de inteligencia nazi Walter Schellenberg, a quien hizo llegar una pensión mensual hasta su muerte, para bloquear la publicación de sus memorias.

“Todos hablábamos de eso por debajo de cuerdas”, decía en 2011 al diario Le Figaro la novelista Emonde Charles-Roux, amiga personal de Chanel y autora de la L’irregulière, la primera biografía póstuma de la diseñadora. “Era una mujer excepcionalmente inteligente. Una leona que un día tomó el mal camino”.

Charles-Roux fue la primera en evocar la operación Modelhut de 1943, concebida en el círculo alemán del Ritz y que buscaba servirse de la amistad de la diseñadora con Winston Churchill para influenciar al líder inglés con miras a una tregua anglo-alemana, que permitiría a los nazis concentrarse en el frente soviético. Schellenberg y el mayor Theodor Momm lograron incluso que Chanel fuera recibida en Berlín para presentar su plan.

Hasta la publicación de la investigación Durmiendo con el enemigo, del periodista estadounidense Hal-Vaughan, la gestión de Chanel había sido presentada más como el esfuerzo de una patriota por dar fin a la guerra, que como el de una simpatizante de las ideas nazis que buscaba ayudar a “la causa” y gracias a la tregua con Inglaterra eternizar la ocupación en Francia. Exagente secreto con misiones en lugares tan disímiles como Suiza y Pakistán, Vaughan logró encontrar decenas de documentos en los que se mencionaban las informaciones transmitidas por Coco Chanel. Tanto en transcripciones de los interrogatorios a oficiales nazis tras el final de la guerra como en memorandos originales alemanes y reportes de la Prefectura de Policía de París aparecen una y otra vez sus dos nombres claves: “Agente 7124” y “Westminster”, una clara referencia a Hugh Grosvenor, segundo duque de Westminister, amante de Chanel, multimillonario y conocido por ser antisemita al punto de darle a su perro el nombre “Judío”.

Las misiones de Chanel la llevaron a moverse de la París ocupada a la Madrid franquista no sólo recogiendo informaciones y moviendo dinero para pagarlas, sino reclutando miembros del jet-set cuyas simpatías antisemitas o anticomunsitas pudieran orientarse hacia la causa hitleriana.

“Los documentos que lo prueban estaban disponibles en varios archivos de Roma, París y Washington desde mediados de los noventa, pero ningún biógrafo había querido utilizarlos. Nadie quería tocar la figura de Chanel, porque ella era un ícono”, comentaba Vaughan en una entrevista al diario Le Figaro.

“¿Qué ocurrió exactamente? ¿Cuál fue su papel? Las versiones sobre ese punto son diferentes y siempre quedará una parte de misterio”, estos los únicos comentarios del grupo Chanel a las acusaciones, largamente probadas sobre las actividades nazis de la creadora de la casa de modas y perfumería. A la salida de una conferencia, Karl Lagerfeld, quien desde hace más de treinta años está al frente del departamento creativo de la marca, se limita a comentar: “Nunca la vi en persona. Supongo que si nos hubiéramos conocido el desprecio habría sido mutuo”.

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