Opinión

Si cómo camina cocina…

No es fácil de creer pero en pleno siglo XXI aún hay hombres que reivindican el “derecho al piropo”.

 

A los hombres y a las mujeres les vienen cosas diferentes a la cabeza al escuchar la palabra “piropo”. Para ellos, “piropo” son más o menos las palabras de un poeta, que enaltece desde un punto de vista estético el cuerpo de una musa de ocasión. O lo que dice un viejito de corbatín que, obnubilado por la belleza de una transeúnte, levanta su sombrero y saca algo como “Señorita, permítame decirle que usted es hermosa como una flor”

Para ellas, es todo un abanico de imágenes que puede incluir al poeta de mala calidad o al anciano bonachón, pesado, sin duda. e inoportuno, pero que tiene que ver más con los comentarios no solicitados , positivos o negativos, sobre su apariencia, las proposiciones a acompañarla para donde quiera que vaya, el silbido, el acoso en grupo y el tipo que se sienta en el asiento de al lado en un bus o metro casi vacío.

Quizás es por esa diferencia en la percepción es que en los últimos días, mi muro de Facebook ha estado cubierto por una serie de discusiones encadenadas que oponen los que defienden un “derecho al piropo”, camuflado bajo expresiones como “seducción”, “galantería” o “admiración de la belleza femenina”, a los que apoyan un “derecho de la mujer a andar tranquila”.

Por aquí una discusión y luego otra discusión y una discusión más

Yo también creí durante años en una posible conciliación entre los dos extremos. A chiflar nunca aprendía, pero tímido como soy, llegué a decir piropos (casi siempre en grupo porque un piropo con testigos vale más) y mi lógica masculina (que no es genética sino implantada por años y años de vivir en un sistema machista) me decía que las mujeres, como siempre, exageraban al quejarse por un exceso de galantería gratuita.

Luego tuve una revelación mística al respecto: comencé a escuchar lo que ellas decían.

Y ahí entendí que, hasta en sus versiones más estilizadas (que de todas maneras son raras, el superior que comenta el escote no suele estar a la altura de Dante Aligheri ni el tipo de la tienda dela esquina usa el lenguaje de Don Quijote) el piropo molesta. Más que eso: daña el humor, jode el día. Tanto que para evitarlo las mujeres modifican día tras día su manera de vestir y de vivir la ciudad. A veces con la decisión simple de no ponerse una falda corta si existe la posibilidad de regresar tarde a casa. Otras modificando el trayecto para no pasar las calles solas u oscuras. O evitando el transporte público a ciertas horas. O las reuniones laborales a solas con el jefe.

El piropo jode la vida porque obliga a una reacción (la indiferencia es una reacción) y toda reacción implica el peligro potencial de que la situación degenere. La mujer que responde con una sonrisa o un gesto amable, se expone a que se lo tomen como un consentimiento. La que acelera el paso, a que la sigan. La que responde con un insulto o un comentario irónico, a un ataque físico.

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Así, las mujeres se ven obligadas a vivir cada uno de sus trayectos como un juego para mantener el equilibrio entre la rabia, la incomodidad y la diplomacia respecto a sus agresores potenciales, no porque la merezcan sino para evitar que la situación se complique. Como no hay el tiempo de explicarle en detalle a cada uno de los hombres que lanzan sus comentarios por primera vez ni de romperle la cara a los que sienten que su piropo es demasiado correspondido o no lo suficiente e insisten, hay que cambiar de acera, sonreirle al conductor del taxi o al colega, bajarse tres paradas antes en el bus para despegarse o tres después en el metro porque en esa se baja más gente, llevar una falda más larga en el bolso, un gas pimienta si todo lo anterior no funciona.

Y eso jode la vida, necesita energía, cansa. En mayor o menor medida todas las mujeres de todos los países tienen que botarle tiempo y energía a evitar los piropos o a reaccionar frente a ellos.

Los defensores del “derecho al piropo” suelen argumentar que a ellos también, les han dicho cosas y no les ha molestado, que incluso los han tocado contra su voluntad (lo que sospecho es un poco un bluff de machos) y que no ha sido tan grave. Pero el razonamiento no tiene en cuenta el contexto: un hombre no tendrá que poner en marcha toda su capacidad estratégica para calcular en cuestión se milisegundos cuál es la mejor manera de salirse de una discusión sin molestar al que quiere obligarlo a una respuesta y sobre todo no tendrá que hacerlo veinte veces al día. El equivalente de “una mujer que recibe un piropo de un tipo” no es “un tipo que recibe un piropo de una tipa”, sino un tipo que atraviesa un lugar donde debe moverse con tacto para evitar hostilidades. Donde no puede simplemente atravesar sin correr el riesgo de recibir comentarios. Donde de la manera cómo reaccione a esos comentarios depende si el encuentro involuntario terminará en agresión.

Para mí es un poco como estar en una manifestación de Extrema Derecha. O en uno de esos pasos de refugiados donde todo mundo nota que no perteneces. O en una cité donde la prensa sólo va cuando hay autos quemados. O en un desalojo de inmigrantes. O cuando estuve en el Bronx. No es que haya una maldad implicita, (en la manif’ de extrema derecha, sí) pero si uno se equivoca en el gesto la cosa se puede poner fea.

Y qué paila que las mujeres tenga que vivir con eso. Cada día. Siempre.

*

Por supuesto no se trata de desexualizar a la mujer ni quitarle al hombre la posibilidad de mirar, desear, tener una erección (mientras se pueda),  masturbarse al llegar a casa si se le da la gana. Yo soy de los que fantaseo hasta con los pies huesudos del cadáver momificado de Santa Lucía y ni se diga de las estatuas funerarias del Père Lachaise (a mi favor, podría decir que ellas no se ofenden con mi mirada). Lo que pasa es que el piropo no es una exaltación de la sexualidad femenina, sino su negación, su remplazo por una sexualidad masculina directa y brutal, donde desaparece el consenso y la seducción es remplazada por la imposición y la violencia. No se trata de reprimir nuestra sexualidad (¿O acaso ella se limita a gritarle a desconocidas en la calle) ni la de ellas, sino de respetar los espacios momentos y personas, que elijan para ejercer una sexualidad que nosotros los hombres dicifilmente podremos entender mientra son hagamos un esfuerzo consciente para despegarnos de la mecánica de abrir-penetrar-eyacular.

Avanzar como sociedad implica renunciar a ciertos privilegios, de clase, de género, de especie. A los “derechos” de confort.

Una buena razón para dejar de defender el “derecho al piropo” es que no nos cuesta nada vivir sin él, pero la principal, tan evidente que no sé por qué hay que repetirla. Es que a las mujeres NO les gusta. En los comentarios de las discusiones de los últimos días en mi muro de Facebook un centenar de mujeres de varias edades y perfiles, que viven en diferentes países, creyentes o no, héteros, bis, gays, dijeron una y otra vez NO y expusieron sus argumentos que los hombres, no todos, pero muchos de quienes yo no me lo esperaba, refutaron en el mejor de los casos, con palabras condescendientes y en el peor negándoles el derecho a opinar sobre un tema en el que al fin y al cabo es a ellas a quienes les corresponde decidir.

Y decidieron NO y no podemos callarlas porque son mujeres. Arrogarse el derecho de callarun grupo menos privilegiado dentro de un sistema y luego decidir que “derechos” podemos ejercer sobre él es el mismo razonamiento que justifica el colonialismo o los delirios imperialistas. Defender el derecho al piropo pasando por encima de la opinión de las mujeres es insistir en colonizar , por las malas, su espacio, su tiempo y su cuerpo. Algo éticamente inaceptable.

Leer más:

La comandante Inna Shevchenko

Soy hombre y soy feminista

4 pensamientos en “Si cómo camina cocina…

  1. Totalmente de acuerdo, Richie. Un piropo no es un despliegue poético digno de aplauso. Es triste que una mujer que quiera verse bien, sentirse bien, con una u otra prenda, tenga que soportar a tipos pesados en el bus, en la calle, en el metro, en el ascensor, en la oficina, etc. Así nadie vive en paz, y menos cuando las expresiones son realmente vulgares. Va un abrazo.

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