Crónicas y Reportajes/Periodismo

“No lamento haber estado en Chernobil”

publicado en EL ESPECTADOR

 

 

No existe, y no va a existir nunca, un consenso sobre el número de liquidadores que participaron, de ahí su nombre, a la “liquidación” de las consecuencias del accidente nuclear de Chernóbil. Las cifras más bajas están por los 300.000, las más altas hablan de un millón. Si las estadísticas son contradictorias es porque desde la desintegración de la Unión Soviética, cada país tiene sus propias cuentas y sus propias ideas sobre quién debería responder por los salarios pendientes y sobre todo por las pensiones y costos de los tratamientos médicos del personal que, apenas imaginando las consecuencias para su salud, había disminuido las consecuencias de la peor catástrofe industrial de Europa.

Oleg Veklenko, un teniente retirado que luego de dejar las fuerzas armadas se había dedicado a las artes plásticas y obtenido un puesto como profesor en el Instituto Politécnico de Kharkiv, la segunda ciudad más importante de Ucrania, hizo parte del ejército de liquidadores. Su misión era, como él mismo lo dice “fotografiar soldados que estuvieran haciendo cosas”. Su colección de imágenes es un raro testimonio de los primeros días de un proceso de descontaminación que tres décadas después del accidente aún no ha sido concluido.

¿Cómo se enteró de lo que estaba ocurriendo en Chernóbil?

La primera información fue un par de renglones en Pravda. Allí hablaban de una fuga menor, pero en épocas de censura, uno aprende a leer entre líneas. Lo mismo pasaba con las informaciones en la radio. La gente sabía que no estaban contando todo, pero nadie podía imaginar la magnitud de lo que nos ocultaban.

Usted era profesor de artes ¿Cómo terminó haciendo parte del contingente de liquidadores?

Porque como presté el servicio militar y seguí hasta el grado de teniente, hacía parte de la reserva. Tenía 35 años y a uno lo convocaban a veces para campañas culturales. Así funcionaba: usted es médico, esta situación necesita un médico, usted está obligado a ir. Recibí por telegrama una convocatoria para una reunión. Mi esposa no estaba en la casa así que ni dije nada porque me imaginé que regresaba esa misma tarde. Tardé meses antes de tener un primer permiso de salida.

¿Cómo fue la preparación antes de desplazarse a la zona del accidente nuclear?

En el ejército nos formaban para reaccionar a un ataque nuclear y yo había estado en unidades especializadas en ese tipo de acciones. Para los accidentes no había una preparación especifica porque un accidente era imposible. “El hombre ha dominado al átomo” solía decirse. Nos llevaron como si fuéramos a un terreno de guerra, muchos de los errores de los primeros días se deben a esa lógica equivocada. En términos de evacuación, de descontaminación e incluso de tipos de radiación son circunstancias muy diferentes.

Algunos testimonios hablan de ese ambiente de guerra, de que quienes iban a Chernóbil se sentían como héroes

La gente aún tenía muy presente la guerra y en medio de la tristeza de la evacuación reaccionaba como al paso de un ejército triunfante. Por momentos lo asumíamos así, la gente estaba orgullosa de nosotros y no teníamos idea de que pronto en el resto del mundo nos verían como los culpables de esa catástrofe. Pero también había miedo porque a cada instante era más claro que nadie sabía si lo que hacíamos era lo adecuado y si las medidas de protección eran suficientes.

¿Más temor que heroismo?

No hay que separar las dos cosas. Al menos en lo que tiene que ver con el ambiente en general. Cada uno tenía periodos en los que un sentimiento era más fuerte que el otro. Los primeros días nos sentíamos como los super-hombres que estaban salvando el planeta, pero luego estábamos cansados, el trabajo era extenuante, vivíamos en carpas. Nos apoyábamos para mantener la moral, pero si hubiéramos tenido la posibilidad nos hubiéramos ido a casa.

Una de las medidas que se tomaron fue limitar los tiempos de intervención. Quienes estaban más cerca del reactor entraban corriendo, realizaban una acción y partían en seguida…

Sí, pero cada mañana teníamos que estar formados dos horas al exterior mientras nos asignaban las misiones. En ese plantón recibíamos toda la radiación. En un ambiente tan contaminado no había otra manera de trabajar. O al menos no la había en ese momento y no podíamos esperar. Eso que usted dice de “entrar corriendo” se aplica a los que iban a tirar costales de arena directamente al corazón del reactor. Eso se hacía en un tiempo corto, dos minutos, y ya con eso daba jaqueca y vértigo, pero todo el día estábamos cavando. En cada campo de la zona había que levantar veinte centímetros de tierra, para enterrarla en fosas más profundas. Y enterrar casas, autos, las mismas máquinas que utilizábamos. Todo el día en eso. A mí lo que me ordenaron fue “tomar fotos de soldados haciendo cosas”. Yo no sabía que muchas de esas personas iban a morir. Ellos tampoco. La radiación no tiene olor.

 

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En sus fotografías se ven con frecuencia hombres que no llevan puestas las máscaras. ¿No les habían informado sobre el peligro de la radiación?

No es que no les informaran, se supone que sí, pero ese mayo tuvimos temperaturas de venticinco grados y llevar los filtros puestos es insoportable. Además con las máscaras es imposible comunicarse y coordinar y muchas veces el responsable tenía que quitársela para dar las ordenes. De nada sirve que a uno le digan “Póngase esta máscara” si al mismo tiempo le obligan a estar en condiciones en las que no puede tenerla puesta.

¿Cómo era la vida cotidiana en los campamentos?

Se bebía mucho. Se cantaba como siempre entre soldados, pero con los días la fatiga era crónica. Ardía la piel. Dolía la cabeza. Yo si tenía algo de tiempo libre me ponía a dibujar. Era lo que me permitía abstraerme. También estuve al frente de un club cultural en el campamento.

Sus fotografías eran un secreto de estado. ¿Por qué decidió exponerlas?

Creo que hay un trabajo de fotógrafo, de autor si se quiere en esas fotografías. Yo cumplía órdenes, pero escogía lo que fotografía y cómo lo fotografiaba. Era un trabajo oficial, pero también un trabajo de artista y al principio, tras la caída de la Unión Soviética las expuse como fotos artísticas. Luego, cuando comenzaron a formarse movimientos de liquidadores que se sentían abandonados por las autoridades y reclamaban sus derechos, vi que había un valor documental en esas imágenes.

¿Cuáles han sido las consecuencias emocionales y físicas de su paso por Chernóbil?

¿Sabe? Uno ve pasar el tiempo con la idea de que hay cuerpos que desarrollan el cáncer más rápido que otros, pero que todos terminan por desarrollarlo. Yo tengo que hacerme chequeos con frecuencia y cualquier tos o mancha en la piel me hace pensar ‘Ya llegó’. Por otro lado, como artista, pude ser testigo de momentos en los que se revelaban muchos rasgos de la condición humana, la impotencia frente a las circunstancias, el miedo, la valentía también. Estoy convencido del absurdo que representa el desarrollo de la energía nuclear, pero no lamento la oportunidad que tuve de estar allí porque gracias a esas imágenes tenemos elementos para discutir.

 

Todos mis artículos sobre Chernobil

 

 

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