Archivo/Crónicas y Reportajes/Periodismo

Cortázar, el enorme.

publicado en El Espectador

 

 

“Cuando estés allá, ve y decile a Julio que lo queremos mucho”, le encargaron algunos amigos al escultor Julio Silva cuando supieron que se iba para París. El recado encerraba ya que Silva sería el “otro Julio”, pero no le molestó y aún se refiere a sí mismo de esa manera. Con eso en mente, bajó del tren en Gare Saint Lazare en marzo de 1955. No tenía mucho dinero ni pasaje de regreso y sabía que tendría que trabajar en lo que fuera, pero conocía también que en Buenos Aires ya había visto lo que había para ver. Algunas semanas después de su llegada, Silva se detuvo frente al edificio de la Unesco en la Avenida Kléber para transmitirle al otro Julio el mensaje que le habían encomendado.

“Abrí la puerta de su oficina, él estaba sentado en su escritorio y como era tan alto me pareció que nunca iba a acabar de ponerse de pie”, dice Silva en su apartamento, cuyos tres niveles están casi del todo ocupados por las máscaras que colecciona. La mayoría son africanas, pero hay también asiáticas y centroamericanas. Las mexicanas se distinguen por lo coloridas. Silva dice que no sabe cuántas tiene y organiza las fotografías para el catálogo de lo que será una donación importante a un museo de Buenos Aires. En las paredes pueden verse también algunos de sus dibujos originales. Por número, están en desventaja frente a las máscaras, pero es más notoria la diferencia de temperamento. Las máscaras, las nigerianas sobre todo, inspiran miedo a los mortales y al menos respeto a los temerarios; las figuras en las pinturas de Silva siempre parecen estar sonriendo o al menos intentando sonreír.

Decir que parece que Silva hubiera pintado cronopios parecería fruto de un exceso de emociones cortazarianas, si no fuera porque Silva hizo también la portada de Historias de cronopios y de famas. Del encuentro en la oficina de la Avenida Kléber, una vez que Cortázar terminó de ponerse de pie, nació una amistad de la que salieron innumerables cenas y un buen número de proyectos comunes. Silva fue el responsable de la original diagramación de La vuelta al día en ochenta mundos y con sus dibujos inspiró a Cortázar los textos de Los discursos de Pinchajetas  y Silvalandia. La portada de esta obra muestra a los dos Julios con cara de cronopios, que le tendrían miedo a un ejército de máscaras camerunesas. En el dibujo Cortázar es el más pequeño. A lo mejor no están dibujados en proporción a su estatura real sino a su capacidad culinaria.

“Silva es un cocinero excelente” dice Tomasello. “Cuando cenábamos con él y con Cortázar y Yurkievich en mi casa, yo hacía algo sencillo. Una milanesa o una pasta, que también le gustaba a Cortázar. Silva en cambio inventaba cosas”.

Como Cortázar y Silva, Luis Tomasello es argentino y desembarcó en París en los cincuenta. Desde hace cuarenta y cinco años vive cerca del cementerio de Père Lachaise, en una casa que ha ido agrandando a partir del taller original que le compró a un carpintero que lo tenía abandonado y en el que adaptó un apartamento. Conforme pudo mover los muebles y ampliar la construcción, la habitación inicial ha vuelto a ser un taller. Llueve y hay un gato negro que no se ocupa de uno de esos ratoncitos pequeños de metro que vagabundea entre los listones de madera. Tomasello, aunque se recupera de una pierna rota, no deja de trabajar en las esculturas cinéticas a las que se ha dedicado desde los sesenta, por la época en la que una arquitecta argentina que lo conocía le dijo que una pareja con la que ella había trabajado buscaba a alguien para que les pintara su apartamento. Aunque Tomasello no era ese tipo de pintor, las finanzas no iban bien y ese trabajo le permitiría ganar algún dinero mientras llegaban las exposiciones y los compradores.

Julio SIlva.JPG

Julio Silva, fotografía por Angelika Simbaqueba

La casa en la Plaza del General Beuret que Tomasello pintó sigue siendo el hogar parisino de Aurora Bernárdez y el apellido Cortázar aún puede leerse en el buzón. Fue allí donde el escritor terminó Rayuela, que había comenzado en un cuartico del 7ème mientras trabajaba en El perseguidor. Ese cuento, el mismo Cortázar lo dijo, abrió para él, en cuestiones de fondo, el


camino que Cronopios y Famas le abriría dos años después en cuestiones de forma. Para 1960, Cortázar ya tenía claro que escribiría una novela como The Moonstone, de Wilkie Collins, y que la acción pasaría por mitades entre París y Buenos Aires. En una carta escrita en mayo del 61, confesaba que durante un viaje a Viena había terminado su primera versión de “La” Rayuela.

“Con Yurkievich decíamos que la verdadera biografía de Cortázar eran sus cartas y él lo sabía”, dice Silva. “Afirmaba que no le gustaban el estilo ‘epistolar’, pero cuando las escribía lo hacía para él tanto como para su destinatario; así fue haciendo un registro de su vida y perfeccionó su escritura”.

La carrera literaria de Cortázar había empezado con Presencia un libro de poemas que pasaba por líneas del tipo “Yo te pido, Señor, que esta existencia, vista su faz de nieve no posada”, que incluía métrica y rima y que pasó desapercibido. Pasarían diez años antes de su siguiente publicación, el cuento Casa tomada que apareció en Anales de Buenos Aires gracias a los oficios de Jorge Luis Borges. En el 51, una beca por diez meses le permitió viajar a París y un diploma de traducción obtenido tres años antes hizo que encontrara trabajo en la Unesco y quedarse.

“Cortázar era muy disciplinado con su trabajo en esta organización, pero a veces también escribía a escondidas en la oficina. Quién sabe cuánto de Rayuela fue escrito mientras sus superiores pensaban que estaba haciendo una traducción”, dice Tomasello mientras sigue con la mirada al ratoncito de metro. Aparte de las esculturas cinéticas y los materiales de trabajo, muestra también algunos de los catálogos que Yurkevich y Cortázar escribieron para sus exposiciones. “Lo cierto es que Cortázar escribía mucho”, continúa. “Yo todavía tengo una de sus cuatro máquinas de escribir portátiles que me regaló diciendo ‘por si la necesitás’ ”.

“Cuando terminaba el horario de trabajo, se iba a caminar como siguiendo los consejos de Aragón en Un paisano en París. Uno podía encontrárselo en el Sena o por la Galería Vivianne. Una de las cosas que decíamos de París es que había esquinas que te hacían pensar en Lautrémont o en Nérval, que cada calle encierra un hecho histórico. Eso le gustaba. Era muy transeúnte y eso se le nota en los cuentos, en el Jardín de Plantas de Axolotl en los peces del quai de la Mégisserie en Rayuela,” dice Silva. Luego añade que si Cortázar tuvo sucesivamente cuatro autos, todos de modelos baratos, era porque los usaba para ir a su finca en Saignon, en el corazón del midi, el sur de Francia.

Los cuatro argentinos tenían un gusto enorme por la región donde Cortázar tenía su casita de campo y allí solían pasar el verano con sus familias. Due en la autopista del sur que Saúl Yurkevich, el último del grupo en llegar a París, tuvo el accidente de auto que le costó la vida en 2005.

“Yo tenía una casita de campo cerca de la de Cortázar”, dice Tomasello, “allá se entrenaba con Silva en el boxeo, o jugaban más bien a boxear, él escribía y nosotros pintábamos y no faltaban el mate y los asados. Aquí tomábamos mate también cuando trabajábamos juntos con la madera. No era muy hábil, pero le gustaba hacer cosas y en ciertas temporadas tuvo en su casa un rinconcito donde hacía esculturas con metal o con madera. Las tres veces que se cambió de casa en París me llamó para reacondicionar los estantes de su biblioteca. Se entusiasmaba, pero al cabo de un rato se ponía de pie y decía: ‘Es el momento de hacer una pausa húmeda’ ”.

Y cuestión de efecto, de mirar todavía el ratoncito, Tomasello hace una pausa para preparar la risa que sigue después.

“Una pausa húmeda era un whisky”, dice. “Siempre tenía whisky del mejor”.

“Tomaba, digamos que correctamente, y le gustaban los vinos que le ofrecía” dice Silva  “y fumaba; gitanes sobre todo y habanos que le llegaban de Cuba. Lo que traía para las cenas era mejor. La gente venía siempre con una botella de vino o un postre. Cortázar traía una historia, ese era su aporte. Comenzaba a contar algo que le había ocurrido en el metro y al cabo de diez segundos todo mundo estaba subyugado, porque además de que contaba tan bien hablando como lo hacía escribiendo, sus historias eran maravillosas; eran el tipo de cosas que uno no creería pero que a él le pasaban de verdad”.

Luis Tomasello (46)

Luis Tomasello, fallecido en 2014. Fotografía por Angélika Simbaqueba

“Era un tipo solitario, pero cuando él era amigo, era un amigo total. Esa era una de las razones por las que todo mundo lo quería. Otra era que su conversación era magnífica. Sabía mucho de pintura y la fama de experto en el jazz es justificada,


pero nunca sonaba como el tipo que se jacta de saberlo todo. Así como cautivaba un grupo de intelectuales podía hacerlo con un panadero o un obrero de construcción”, dice Tomasello.

“Lo que pasaba es que cuando se trataba de conversaciones intelectuales, el único interlocutor posible habría sido él mismo”, dice Silva.

Había mucho de conversaciones ‘intelectuales’ en el manuscrito que Cortázar le entregó a Alejandra Pizarnik a principios del 63. Siempre escribía a máquina, pero corregía a mano y de ahí tuvo la idea de que si la poeta argentina le ayudaba a transcribir las correcciones, él se ahorraría mucho de trabajo y ella, que por ese entonces tenía 26 años y trabajaba transcribiendo fichas, podría ganar algo de dinero extra. De ahí vienen las anécdotas sobre Cortázar llamando en la madrugada a la casa de Pizarnik mientras ella se negaba a responder el teléfono porque no tenía idea de dónde había dejado el original de Rayuela, que una vez recuperado y terminado de corregir, Cortázar puso en las manos del otro Julio.

“Lo primero que me impresionó fue el tamaño del paquete, pero apenas comencé a leerlo, sentí como si alguien me hubiera entregado una bomba sin darme ninguna idea de cómo manejarla o qué precauciones tener. Pasé un mes en un sofá con esa bomba a todo momento; un mes en el que dormí, comí y cociné con Rayuela entre las manos”.

El 2 de junio de 1963, antes de un viaje a Italia y luego de haber anunciado desde mayo del 61 que su novela estaba terminada, Cortázar envió por avión los manuscritos a su editorial en Buenos Aires. Una y otra vez se había preguntado si Editorial Suramericana se arriesgaría a publicar un texto largo tan experimental. Lo que siguió fue un reconocimiento inmediato, el inicio del boom latinoamericano del que todos su miembros, Cortázar incluido, desconfiaron. Rayuela marcaría el punto más alto en su carrera.

Las traducciones al francés y al inglés aparecieron en el 66. Sus siguientes libros serían menos comprendidos por la crítica, en parte por lo lejos que quiso llegar con su experimentación y en parte por razones políticas, pero los lectores siempre lo siguieron queriendo.

“Rayuela lo hizo mucho más conocido, pero no cambió con sus amigos. Nunca le interesó promocionarse ni hacer parte de esos círculos cerrados de escritores. De Cortázar todo el mundo tendría que decir que tenía una corrección y una amabilidad que salían a la vista”, dice Silva.

 

JulioSIlva-JulioCortazar- SAIGNON.jpg

Julio SIlva y Julio Cortázar en Saignon. Foto de la colección personal de Julio Silva

“Y así pasó la vida hasta que se fueron muy rápido y yo tuve que enterrarlos a los tres”, anota Tomasello. “Primero fue el gato que tenían, Coronel, que traje desde el midi en tren, se murió de indigestión y está enterrado en el patio de mi casa. Luego, después de un viaje que hicieron a Nicaragua, Carol volvió muy enferma y hubo que internarla. Su muerte fue terrible para Cortázar, porque de sus tres mujeres, ella fue el amor de su vida. Él murió un año y medio después, casi sin salir de la casa donde los dos vivían por el Canal Saint Martin”.

“Al final yo lo visitaba casi todos los días en el Hospital Saint Lazare. Yo llevaba en mi auto las setenta copias que él debía firmar de Diez el Negro, el último trabajo que hicimos juntos”, dice Tomasello. “Tres días antes de morir, me preguntó por el libro. Bajé al coche y subí las copias. Le tomó dos horas firmarlas. Yo le decía ‘Dejá para mañana’ y él contestaba: ‘No, mirá, que mañana a lo mejor ya no estoy’ ”.

“Cortázar era enorme. Cuando murió trajeron una camilla normal, pero no cupo, así que tuvieron que ir a buscar una camilla más grande y yo me quedé con él dos horas, solito ahí, tan grande como era”.

Tomasello había hecho la piedra tombal para Carol en el Cementerio de Montparnasse. Dice que Cortázar la eligió ya pensando que él “pronto necesitaría su lugarcito”. La escultura que adorna la tumba también fue elegida para Carol por


Cortázar, que la vio en la casa de Silva. Era la representación de uno de los dibujos que “el otro Julio” había hecho para Silvalandia.

“No hay mucha relación con lo mío, pero sí con lo que escribía Cortázar, esos bichos raros”, dice Tomasello. “La escritura de Cortázar es el hilo entre mi piedra y la escultura de Silva y el resultado es una linda tumba”.

Silva vuelve a hablar de un hilo, dice que para él los amigos de Cortázar eran como perlas y Julio era el hilo que los unía.

Por causa de una de esas tradiciones inventadas por los lectores jóvenes, que a Cortázar siempre le sorprendieron porque Rayuela  le parecía una novela de adultos, las personas que visitan la tumba en Montparnasse, suelen dejar (sobre la piedra funeraria hecha por Tomasello, al lado de la escultura de Silva) una rayuela dibujada en un tiquete de metro o una hoja de cuaderno. Le digo a Tomasello que la pregunta más obvia que se haría la gente que deja esos papelitos es si hay alguna relación real entre los amigos-perla de Cortázar y los miembros del Club de la Serpiente, tan inmersos en sus diálogos metafísicos y sus manías de tipo organizar alambres y platones y unir tablas de ventana a ventana.

“No sé si podría decirse que hay una relación entre Rayuela y nosotros; a lo mejor, pero su novela tiene mucho de misterio y de juegos”, dice Tomasello, y hace tres intentos para aplastar con el pie al ratoncito de metro antes de regresar a los pequeños cilindros de madera que lima con un ángulo determinado y encaja por millares en las planchas enormes que constituyen sus esculturas cinéticas. “Es una pena, pero vieras después cómo se reproducen”, dice a propósito del ratón. Ya se ha dado la vuelta cuando vuelve a hablar de Cortázar. “No sé por qué se nos murió tan jóven ese diablo”.

“Rayuela, es un collage, una unión de elementos como los cuadros de Archimboldo. Eso hace que la gente establezca identificaciones. Cortázar era Oliveira, Edith Aron era la Maga, pero Cortázar los idealizó, porque si los describía tal como eran o cómo éramos, la novela sería una descripción chata del cotidiano y no se le sentiría esa fuerza enorme que tiene”, dice Silva. Luego vuelve de sus máscaras de todas partes del mundo que ya casi no le van dejando espacio.

 

PENTAX Image

La tumba de Julio Cortázar y Carol Dunlop en el cementerio de Montparnasse.

Opine pues...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s