Crónicas y Reportajes/Periodismo

Dos nombres para tener en cuenta

publicado en EL ESPECTADOR593fd8c019c9f3b8c8194a6fce0cc9c6

David Ramírez, el rebusque de los recién llegados

Bertrand Schoeller, de la galería de arte Bellechase 55, me muestra una uva en el fondo recortado de un vaso desechable que ha sellado con grapas. En la uva está dibujado el rostro de un hombre con barba.

“Una vez estábamos en una comida y David se puso a dibujarme. Él nunca deja de trabajar. Yo pocas veces he visto algo así”.

Por eso conserva la uva. Y también porque a pesar de que hace apenas un año que lo conoce, Ramírez es el segundo más vendedor de sus artistas, Schoeller decidió organizarle su primera exposición retrospectiva.

Al entrar en la galería los visitantes se encuentran con Qué city más agresiva, una obra de 320 por 180 centímetros que refleja bien la “época Medellín” del trabajo de David Ramírez Gómez. Allí están los personajes de las calles de una ciudad en la que el artista, nacido en 1981 en El Peñol y terminado de criar en Rionegro, pudo apenas vivir durante seis meses cuando comenzó a estudiar bellas artes en la Universidad de Antioquia.

“Lo que pasa es que el estrés y mis hábitos alimenticios terminaron por producirme una úlcera. Así que regresé a Rionegro y de allí durante siete años de carrera viajaba todos los días para las clases”, cuenta Ramírez.

Medellín terminaría también por marcar no sólo el contenido de sus obras, sino esos soportes improvisados que parecen fascinar a los coleccionistas europeos.

“No tenía dinero para comprar en los almacenes especializados, así que iba a donde estaban los recicladores a ver qué lonas tenían o qué podía utilizar como base. Sobre ellos plasmaba los personajes que encontraba en esos sectores, los héroes y bandidos. También la angustia y la paranoia que sentía al recorrerlos”.

Ramírez sigue reciclando materiales, pero también, según Schoeller, “sabe que se puede economizar en todo menos en la calidad de la pintura “y es capaz de sacrificarse por ello”.

Uno de los sacrificios que el artista tenía que hacer cuando en la Feria de Arte de Copenhague, y gracias al también artista colombiano Álvaro Niño conoció al galerista, era desplazarse en bicicleta y autobús con sus trabajos para llevarlos desde la localidad de Aarhus donde reside.

Una serie de felices casualidades.

Su destino inicial en Europa fue Cork, en Irlanda. Allí, en el Triskel Art Center, realizó en 2006 su primera exposición individual fuera de Colombia.

“Quería aprender inglés y, como no podía pagar las clases, empecé a ayudar en la galería del Colombo-Americano de Medellín a cambio de cursos. Primero me propusieron ir a Irlanda con un grupo de artistas por una semana. A los dos días me dijeron que se habían equivocado y no tenían cupo. Al mes volvieron a llamarme: ‘Estamos muy apenados. Te podemos proponer un intercambio de seis meses’”.

El enlace entre Irlanda y Dinamarca fue Sandra, una mujer danesa que Ramírez conoció en un evento artístico en Dublin. Mudarse juntos a Aarhus fue al mismo tiempo el happy end de una historia de amor vivida entre viajes y llamadas con pocos recursos y el primer párrafo de esa vida de inmigrante, que marca toda la segunda mitad del trabajo de Ramírez.

Con la misma fuerza con la que había plasmado la agresividad de las calles de Medellín, Ramírez comenzó a poner sobre sus “lienzos de pvc” la violencia de la burocracia que hace que el sueño de una estabilidad tenga que posponerse año tras año y el desgaste que sufren los cuerpos de los extranjeros entre la incertidumbre, el frío y los problemas económicos: las bocas abiertas, que pintaba en Medellín y donde de los huecos de los dientes faltantes surgían los colmillos de los jaguares del arte precolombino, regresaban como un fantasma al trabajo que presentaba en las exposiciones individuales de su trabajo en ciudades danesas como Albertslund, Copenhague y Jelling. Los superhéroes que salvaban a los personajes de Medellín se convertían en “superinmigrante”, “ese que hay que ser para que los países europeos terminen por aceptarte”.

La inmigración es también el tema del proyecto cinematográfico que lo ocupa actualmente, en el que varios inmigrantes cuentan sus historias en el interior de un autobús sin que se sepa muy bien cuál es su destino final.

“Pero no quiero proyectarlo en salas. Me voy a ir con mi proyector a buscar muros que llamen la atención de la gente y apenas termine la película me voy de nuevo”.

“Uno ve puertas arrancadas y fragmentos de muros porque con el auge del Street Art, la gente no sabe qué inventarse para comercializarlo en galerías. David hace un trabajo que tiene la fuerza del Street Art, pero que puede ser exhibido y coleccionado”, dice Schoeller.

Esa fuerza ha dado para que a Ramírez llegue incluso a comparársele con Basquiat. “Formalmente no tiene nada que ver, pero en talento y potencial sí”, dice Schoeller. Y, por supuesto, la comparación es halagadora”.

Ramírez duda antes de decir que siempre ha sido un gran admirador de los héroes de los cómics y que se siente cercano sobre todo a George Groz. “Ha de ser porque los dos usamos el humor para expresar la sociedad en la que vivimos”, dice.

Un humor de esos que duelen.

El trazo increíble de Daniel Otero Torres

© Aldo Paredes (Copier)

(c)Aldo Paredes

“¿Cuánto vale en los Andes?”, dijo el padre, y el hijo dio una cifra.

“¿Cuáaaaaaanto?” dijo el padre. Cada “á” equivale a un cero en la cifra. El hijo repitió.

“Con esa plata le sale mejor irse a estudiar a Europa”, dijo el padre.

Esa es la historia que cuenta Daniel Otero (Bogotá, 1985) cuando le preguntan cómo fue que terminó en Francia. En los diez años que han pasado desde que llegó, Otero estudió bellas artes, tuvo una residencia en la Cité des Arts de París y comenzó a realizar exposiciones personales en salones y galerías a lo largo de Francia. Una de ellas, Amalgame, presentada en el Instituto de Arte Contemporáneo de Annonany, fue la pieza clave para que el pasado verano fuera elegido para participar en la Bienal de Lyon, la más importante de Francia…

…siga leyendo en EL ESPECTADOR

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