Archivo/Inclasificable/Opinión

Homenaje al Moscatel de Pasas

publicado en EL MALPENSANTE

Ahora tengo 25 años y dos trabajos. No me pagan bien en ninguno (soy profesor de literatura y eso lo dice todo) pero son dos, no pago arriendo y no tengo descendencia y esa suma de circunstancias me permite de vez en cuando invitar a mi novia a cocteles decentes y a mis amigos a una buena botella de Piere Smirnoff’s Vodka ; bebo bien, entonces, y con gusto, pero ese ascenso relativo en la escala etílica (todavía no me alcanza para el whisky de marca legalmente importado) jamás justificaría el olvido ingrato del licor que acompañó los que, estoy seguro, fueron mis mejores años en este valle de lágrimas. Me refiero por supuesto al vino moscatel de pasas. Al querido “Moscato” envasado en botella de etiqueta roja y blanca con uva y castillos en las bodegas de Casa del Rhin en el sector más gris y polvoriento de la carrera 30 de Bogotá. Ninguno de los otros vinos de la familia moscatel (“dícese del vino sacado de una cierta especie de uva de grano redondo y muy liso y gusto sumamente dulce”) se le aproxima en sabor ; los demás son muy dulces, o muy secos o están envasados en botellas sin dignidad. El Moscato original es otra cosa.Así como los negocios se celebran con whisky, en las fiestas de quince se brinda con champaña y a nadie se le ocurriría ofrecer chicha en el lanzamiento de una exposición, el Moscato, ha encontrado sus grupos sociales, sus “nichos de mercado” diría el publicista insensible mientras apura su copa de Bailey’s. Y tiene razón, así como uno no se imagina a un grupo de costeños exiliados en el interior escuchando su música sin una botella de ron (aunque la “ronera” sea efectivamente de una sola botella repartida entre doce a lo largo de toda la noche), la botella de Moscato es la única compañía digna para tres hippies artesanos, todavía con su plante de manillas y pulseras, sentados a media noche en el Chorro de Quevedo. Porque, como el tabaco armado a mano por una anciana chicotera o como las putas canonizables del poema de Sabines, el Moscatel “exige poco y da gran consuelo” y por eso en muchos lugares ha llegado a ser imprescindible. Si tres campesinos se reúnen en Sotaquirá para jugar tejo, tomarán cerveza, preferiblemente Póker; pero si tres amigos se reúnen en el Parque de Las Palmas de Bucaramanga, en un apartamento desbaratado y maloliente cerca de la Universidad Nacional en Bogotá o en la plaza central de Villa de Leyva, tomarán Moscato. Vale también para las playas, porque uno puede tomar Bacardí en Bocagrande y cualquier marca de Piña Colada en San Andrés, pero bajo 180 grados de estrellas en las playas del Tayrona, cualquier trago diferente al Moscatel se vería como una profanación a la sencilla belleza de la noche. En lo personal, lo he tomado en el Cabo de la Vela y en los campamentos de Curití y la Mesa de Los Santos y encuentro que en el lugar que sea, promueve conversaciones agradables y eventualmente lecturas a la luz de la fogata. El metal, el grunge, Guns ‘n’ Roses y el rock viejo de The Doors van con el Moscato, Sartre y Baudelaire en algún potrero de universidad pública, Poe y Lovecraft en cementerios de pueblo, van con el Moscato y lo mismo puede decirse de los viajes en autostop, porque el Moscato nunca se enfría ni se calienta demasiado y, protegido de la luz solar, puede durar semanas en un morral sin perder ese sabor dulce que explica el cariño instantáneo que le gana quien lo toma por primera vez.

Por supuesto, como todos los tragos honorables, el Moscatel, tiene una manera de servirse, o más bien de no servirse, pues si hay quien atribuye la elegancia del martini a la copa triangular de la que no es digno ningún otro licor, habría que atribuir la camaradería alegre y filosófica que genera el Moscato al hecho de que un grupo de bebedores expertos no recurre a la copa y no hay trago que se vea tan mal, tan despojado de su esencia al ser servido, como el Moscatel. Un Moscato original, nunca debe salir de su botella, salvo para caer en la boca de su destinatario final. A la obvia excepción del vino caliente, puede responderse con la imagen de un grupo de amigos acampando junto a una fogata que luego de calentar el vino en la olla, que no se llenó con comida porque la plata de la comida se fue en el amable licor del que hablamos, lo devuelven a la botella para pasarlo de mano en mano. O de boca en boca, porque al fin y al cabo el vino, y no el vodka ni el tequila, puede beberse directamente de los labios de la persona amada y el Moscato es vino y sin duda a un vino noble y compañero como el Moscato se refería Carmelita Schicksal cuando lo incluyó como cuarto elemento junto al fuego, la lluvia y la sangre.

De ahí, de las posadas pobres de Europa, desciende el Moscato ; no es un vino caro ni tiene abolengo, pero fueron vinos baratos, los abuelos de nuestro Moscato Casa del Rhin si se quiere, los que inspiraron las plumas del alegre Li Po y su atormentado descendiente Edgar Allan. Vino barato bebió Noé y regó Don quijote al atacar con su espada los pellejos de la venta, porque no había vino caro en esos días. Vino barato que estimula la conversación trascendental así como el aguardiente (despojado de su antigua dignidad) inspira peleas en las ferias de pueblo y conversaciones promedio entre gente que nunca dejará de ser promedio.

Es por eso que no es exageración decir que el Moscato es incluso más noble que muchos de los que lo bebieron, porque hoy, cuando deberíamos estar inventando cocteles y platos de alta cocina que hicieran crecer su herencia ; cuando estamos en mora (o más bien en uva) de presentar una propuesta al congreso para que cambie el azul de la bandera por el morado suave de nuestro trago guía (lo que de paso favorecería a la mayoría de los colombianos, pues uno ve fácilmente que el color morado es más común que el azul en los desteñidos trapos que a la gente le da por exhibir con orgullo patriótico); cuando deberíamos escribir líneas épicas como testimonio de que en esta tierra existió un buen licor del que se decía “ese es trago para burros” y embriagándonos hasta mirar el mundo a través del cristal opaco de la botella ; hoy, que hemos crecido y sumado a los que esperan con ansia el fin de mes, compramos otros licores sin ni siquiera dar una mirada al Moscato que en sus tres presentaciones (garrafa, botella y botellita) espera en el estante.

Tal vez el Moscato es como un amigo al que uno deja de frecuentar y eso es tan triste como inevitable ; lo que no se perdona, es el gesto hipócrita de aquellos que, enfermos de tiempo y conformismo, han llegado a rechazarlo y, lo que es peor, a negar que lo bebieron. Cierto, ya he dicho que ahora lo bebo poco, pero se me hace que antes negaría haber tomado leche materna que haber sido feliz alrededor de la botella de tapa dorada y color frasco de jarabe. Por eso aún lo tomo de vez en cuando y con el tiempo he llegado a entender cuán equivocados estaban los que me miraban mal en la fila del supermercado cuando pagaba por la botella más barata de toda la sección de licores. Los mechudos, los que arman los tropeles de piedra y papas explosivas, los que aspiran a poetas y pintores (algunos lo lograrán), las mujeres que en los 90 usaron faldas largas, botas militares y un novio con tenis a lo Kurt Cobain, los metaleros y los que escuchan al insufrible Silvio Rodríguez, saben a qué me refiero. El Moscato es el trago de la feliz irresponsabilidad, de los que, reproches aparte, nacieron aparentemente fuera de tiempo. Los demás, los racionales, los que nunca han tenido que destapar a punta de llavero la tapa dorada que se rueda, no saben.

No entienden ellos, qué van a entender, que el Moscato fue la causa indirecta de nuestra primera fumada y directa de nuestro primer guayabo. No saben que muchos recuerdan que lo primero que vieron la primera vez que amanecieron junto a una mujer en un cuarto desordenado y oloroso a cigarrillo, incluso antes que la mujer, fue una botella de Moscatel aún medio llena. Porque el Moscato no se acaba, siempre queda un poco para el desayuno del día siguienteio16-i-Vino-Moscatel-Botella en un apartamento donde no hay pan ni leche. Porque el Moscato está en el aliento de las primeras borracheras de colegio y de las últimas borracheras del artista fracasado, ebrio y decadente que aunque tenga casa, todos los días se queda dormido en medio de la calle. El Moscato es el licor más robado de los estantes de los supermercados y el más fiel, el que se compra con la vaca más mínima. El vino barato por excelencia, noble por excelencia y amado por excelencia. El vino que, como un viejo amigo al que ya no visito casi nunca pero al que todavía quiero, espero esté presente en mi funeral. Que alguien derrame algunas gotas de Moscato sobre mi ataúd mientras otro dice “Polvo al polvo, ceniza a la ceniza” y uno más enciende una grabadora vieja con una canción de despedida que será, como el Moscato, nostálgica, noble y adolescente.

Opine pues...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s