Crónicas y Reportajes/Periodismo

Cuando los muros tuvieron bocas

publicado en EL ESPECTADOR

En aquellos tiempos –todo lo que sucedió después ya no es “aquellos tiempos”–, los estudiantes de la Escuela de Bellas Artes de París tenían la costumbre de imprimir litografías de sus trabajos, llevarlas a las galerías y venderlas para tener lo de la bohemia.

Cuando, a mediados de mayo del 68, el movimiento que había comenzado el 22 de marzo en la universidad del suburbio de Nanterre se extendió a los sindicatos, los estudiantes decidieron que una parte de lo recogido con la venta de las litografías iría a los fondos comunales de los obreros huelguistas.

Así lo celebraba el afiche que se cranearon el 14 de mayo, en el que eran notorias tres letras U: Usines (fábricas), Universités, Unión.

Ese fue el primer comienzo.

El Taller Popular: una fábrica de imágenes icónicas

El segundo comienzo fue el 18, cuando Gérard Fromanger salió rumbo a las galerías con treinta litografías bajo el brazo. A los veintinueve años, lo que en las circunstancias del momento hacía de él un vejestorio, Fromanger no supo defenderse cuando un grupo de estudiantes con los que se cruzó en el camino se los arrancó de los brazos y comenzó a pegarlos en los muros de Saint-Germain des Prés.

“Bellas Artes era por esa época el cagadero de la burguesía”, recuerda Fromanger. “Yo había estado matriculado en el 62, pero me había salido porque los profesores eran extremadamente conservadores. Mientras en Estados Unidos se experimentaba por todos lados, aquí todavía estábamos con la pintura religiosa y mitológica. Cuando me enteré de que desde el 15 de mayo la Facultad estaba ocupada, supe que tenía que hacer parte de eso”.

El tercer comienzo fue cuando un artista amigo de Fromanger, de nombre Guy de Rougemont, puso a disposición de los ocupantes los materiales necesarios para imprimir los afiches con la técnica de la serigrafía. El número de ejemplares que podían producirse cada día pasó de treinta a tres mil.

Ese momento reveló el rol que tendrían: una revolución necesitaba de imágenes.

Como Fromanger, los centenares de personas que pasaron por la Escuela a partir de la segunda semana de mayo se habían hartado del rigor de la institución o hasta entonces se habían negado a postular al templo de las artes plásticas francesas. La inscripción en uno de los muros “No al Taller Burgués. Sí al Taller Popular” le daría al espacio un nombre perfectamente opuesto a lo que había representado hasta entonces.

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“Llegaba gente de toda Francia, con o sin formación pero muchas ganas de participar. Algunas noches éramos más de 300 durmiendo allí. No se trataba de una aventura de artistas. Venían también los obreros, nos decían : Se nos ocurrió esto y nosotros dábamos una imagen. Muchos de los mejores afiches fueron propuestas por los trabajadores a partir de lo que vivían en las fábricas ocupadas”.

Fromanger dice que el hecho de que todos los diseños se sometieran a votación puede explicar que la mayoría fueran siluetas simples y frases cortas. También que es imposible hablar de autores individuales y que por eso mismo varios de sus favoritos, entre ellos el de una bandera francesa cuyo color rojo desbordaba para convertirse en sangre, se quedaron en dibujos preliminares.

 

Entre los más de 600 que sí terminaron en los muros están varios de los íconos del movimiento: la chimenea de fábrica que se convierte en un puño levantado, la silueta del general De Gaulle con la leyenda “El mierdero es él” como respuesta a una declaración del hasta entonces intocable presidente diciendo que había que acabar con ese mierdero que estaban armando los estudiantes, las varias burlas a la prensa y a la cadena oficial ORTF y la efigie de un policía antimotines con un escudo marcado con la SS de las milicias hitlerianas.

Jardines de las delicias

“Más allá de lo estético, entendimos que nuestro deber como artistas era denunciar las represiones. Y no sólo las que nos afectaban, sino todas alrededor del mundo”, dice el pintor Jacques Lebel quien, a algunas calles de Bellas Artes, participó en la ocupación del Teatro Odeón, cuyo nombre oficial, “Teatro de Francia”, no sobrevivió al bautizo del Comité de Acción Revolucionaria que lo declaró, “Espacio de encuentro político permanente”.

“Como muchos de la época yo siento que desde mi niñez había estado esperando ese momento”, dice. “Por primera vez en la historia moderna de Francia la gente hablaba con los desconocidos en las calles y los diálogos, que se volvían coloquios, discusiones y asambleas, se extendían hasta que caía la tarde. Las noches de ese mayo eran tibias. Vivíamos en la ciudad como si estuviéramos en el jardín de las delicias”.

Cincuenta años después, en los últimos días de abril del 2018, las noches son tibias en el Campus de Tolbiac, que los estudiantes han ocupado para protestar contra la reforma del presidente Emmanuel Macron que busca remplazar con un programa de selección el hasta ahora derecho universal a la educación superior. Si en el hecho de que el portavoz oficial del movimiento, que ha decretado a la facultad “Comuna Libre”, sea un perro llamado Guevara, ya es notoria una influencia del humor puesto en la calle al servicio de la política (o al revés) como se hizo tal vez por primera vez en Mayo del 68, los afiches con eslóganes breves y directos y formas en alto contraste son herederos de los que salieron del Taller Popular a llenar los muros de la capital francesa. “Ahora tiempo de transporte, duerme en la universidad”, “Selección: tu vida pertenece a las empresas” o “Júpiter, vuelve a la tierra”, como referencia al apodo de Macron, son algunas de las frases que, vuelve y juega, como hace cincuenta años, van y vuelven de las marchas de protesta a los muros, de los muros a las marchas de protesta.

 

A la entrada, sin embargo, escritas sobre una pared de concreto, pueden leerse, escritas en aerosol negro, las palabras “Fuck 68”.

“Nuestro movimiento tiene vida propia y las comparaciones que todo mundo hace nos molestan también, porque en Mayo del 68 la gente dejó acabar todo cuando llegaron las vacaciones de verano”, dice Heloïse S., estudiante de primer año en el campus, también ocupado, de Clignancourt.

Fromanger dice que entiende a los jóvenes “Entre ellos y Mayo del 68 hay las mismas cinco décadas que separaban Mayo del 68 del final de la Primera Guerra Mundial. Para ellos somos tan viejos como para nosotros eran los veteranos de guerra. Lo que a mí me hubiera molestado que en el 68 me hubieran comparado con un veterano”.

De las calles a las urnas, de los muros a las subastas

Mayo del 68 tuvo varios finales.

El primer final fue el 27 de ese mes, cuando el gobierno acordó a los huelguistas un aumento del 35 % del salario mínimo.

El segundo fue del 14 al 16 de junio, cuando las fuerzas antimotines evacuaron por la fuerza Bellas Artes, el Odeón y los campus ocupados. En el Taller de Artes Populares, los policías buscaron como desesperados las máquinas de litografía en las que se imprimían los famosos afiches, mientras los estudiantes salían con los marcos de serigrafía tranquilamente escondidos entre sus herramientas de trabajo.

Los trabajadores municipales del aseo se dedicaron a limpiar los muros apenas terminada su propia huelga. La calidad del papel no daba para que duraran, con algunas excepciones. En abril del 2008, la casa Artcurial subastó por 3.380 euros uno de los originales que aún existen: una mujer que lanza un adoquín. La frase que acompaña el dibujo es “La belleza está en la calle”.

La belleza desapareció de la calle con el tercer final, junio 30 de 1968 , cuando en las elecciones legislativas anticipadas, los partidos gaullistas resultaron ganadores, consolidando en el poder al general.

Renaud Séchan, que había comenzado su carrera cantando en La Sorbona ocupada, lo inmortalizaría en la canción Héxagone con la letra “En mayo, los franceses conmemoran.

La sangre que corrió roja y negra

De una revolución fracasada

Que no pudo cambiar la historia,

Pero yo recuerdo a esos borregos,

a los que como la libertad les dio miedo,

Se fueron a votar por millones

Por el orden y la seguridad”.

“Nos movía un interés común por mejorar las cosas, por que el obrero ganara un salario justo. Los sindicatos buscaban eso y al principio lo que nos movía era la idea de forzar la entrada de Francia en la modernidad cultural. No llegamos el poder, pero no queríamos el poder. Las relaciones de poder eran lo que sostenía el mundo que combatíamos”, dice Fromanger.

“Muchos de los que allí estuvieron se volvieron con el tiempo conservadores, pero a lo mejor siempre lo fueron. Yo hablo por mí: a los 82 años tengo la energía intacta y la alegría no ha disminuido”, dice Lebel. “Y como las injusticias son peores, esa rabia contra la injusticia que aprendí en la primavera de hace cinco décadas, es todavía más grande”.

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