Crónicas y Reportajes/Periodismo

Elecciones en Francia: final de infarto

La revancha de la dinastía Le Pen

Fue en 1972 que Jean-Marie Le Pen tomó el control del movimiento Nuevo Orden, que abarcaba docenas de facciones neonazis y petanistas, y lo convirtió en el Frente Nacional por la Unidad Francesa. Veterano de la Guerra de Argelia y nunca ha negado haber apoyado el uso de la tortura, Le Pen consolidó un partido que retomaba las ideas nacionalistas y antisemitas que en Francia parecían inaceptables luego del Holocausto y la Segunda Guerra Mundial.

Los treinta años de trabajo de terreno que siguieron le permitieron a Le Pen posicionar alcaldes y consejeros departamentales en todas las regiones de Francia, con la notable excepción de París, y con un resultado sorpresa: desbancar al candidato del partido socialista Lionel Jospin y clasificarse con un 20 % a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.

La fecha en la que lo logró, 21 de abril del 2002, marcó la conciencia francesa: manifestaciones callejeras, artistas como Saez y Noir Désir componiendo canciones en cuestión de horas para expresar su frustración y un mea culpa generalizado entre los abstencionista expresaban el miedo y asco de haber permitido una cifra tan alta para un hombre para el qué “polémico” es un adjetivo débil: Le Pen no sólo había calificado los hornos crematorios de “detalle de la Guerra” y a los homosexuales de “sidosos”, sino que nunca llegó a condenar las dos ocasiones en las que militantes de su partido asesinaron, en Marsella y París, a jóvenes de origen extranjero.

Pero la derrota en la segunda vuelta del 2002 frente al derechista Jacques Chirac mostró también la realidad de un fenómeno que los politólogos franceses han llamado el “techo de cristal”: el Frente Nacional podía llegar tan alto como quisiera en una primera vuelta, pero en la segunda se estrellaría con esa barrera invisible formada por electores de todas las tendencias unidos, así fuera a desgano, para bloquearlo.

Eso explica que tras la cima de la popularidad del cacique Le Pen en el 2002, su hija, Marine, fuera convirtiéndose en la estrella del Frente Nacional y terminara por quitarle todas sus funciones en el partido, excepto la de presidente honorífico. El primero de mayo del 2015, el “Menhir”, como Le Pen también es conocido, tuvo que abrirse camino a las malas para poder subir al estrado del homenaje a Juana de Arco que el partido organiza cada año. Su presencia era tan incómoda para su hija como la de las militantes Femen que desde un balcón visible desde la Plaza de la Ópera, donde la líder película se expresaba, desplegaron banderas nazis para recordarle al publico que, a pesar de que la heredera era más moderada en sus declaraciones públicas, las ideas racistas y xenofóbicas seguían siendo parte del programa del Frente Nacional.

El pasado primero de mayo, Le Pen padre tuvo una tribuna para sí mismo y con un discurso incoherente que incluyó canciones patrióticas confirmó que poco queda de él como figura del partido. Horas mas tarde, Marine Le Pen lideró un gran mitin de la región parisina en el Centro de Convenciones de Villepinte.

Allí, frente a veinte mil entusiastas que aplaudieron a cada una de sus invectivas contra Europa, las penas alternativas a la prisión y la inmigración, Le Pen retomó a la letra al menos una decena de párrafos de uno de los discursos del campaña del derrotado François Fillon.

Así demostraba que si durante los años de la presidencia de Sarkozy, y bajo la influencia de los ideólogos Eric Woerth y Patrick Buisson, la derecha tradicional se alimentó cada vez que pudo de los argumentos de los extremistas, había llegado el momento en el que el Frente Nacional podía apropiarse de las ideas de la derecha republicana.

Esa permeabilidad de temas entre dos derechas que parecían irreconciliables es una de las cartas que espera jugar en las elecciones de hoy. La otra es su posicionamiento como candidata “antisistema”, inspirada por Trump y Putin, a la hora de declarar enemigos a los periodistas, que le dan más tiempo en la pantalla que el que jamás soñó su padre, ridiculizar a los parisinos como enemigos del “país real” o transformar la palabra “intelectual” en un insulto.

Aunque su presentación en el único debate, donde se mostró errática frente a su rival Emmanuel Macron, decepcionó incluso a sus seguidores, Le Pen espera repetir la hazaña de Trump y “hacer mentir a las encuestas”.

Su apuesta va aún más allá. Le Pen sabe que si no logra ganar, será la figura dominante de la oposición francesa durante los próximos cinco años. Con apenas veintisiete años, Marion Maréchal Le Pen es la más joven diputada de la Asamblea Nacional y la encargada de abrir cada uno de los grandes eventos del partido con frases mucho más cercanas al tono desafíante de su abuelo, que al de la moderación pragmática de la actual candidata. Pase lo que pase con Marine hoy, los Le Pen seguirán siendo la única constante en el impredecible panorama político francés.

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Emmanuel Macron: ¿fronteras abiertas?

El 30 de agosto del 2016, un bote partió del Ministerio de Finanzas francés para recorrer el río Sena hasta el Palacio del Elíseo. Aunque los camarógrafos que se amontonaban en el Puente de Bercy para filmar el momento parecían aguardar por uno de esos miembros de las realezas europeas que aún interesan a un país que en su momento resolvió la cuestión a punta de guillotina, las razones de su espera eran políticas.

El pasajero tenía 38 años, se llamaba Emmanuel Macron y hasta entonces era el ministro estrella del gabinete de su mentor Francois Hollande. Esa tarde se dirigía a darle una puñalada por la espalda. El gesto lo tiene a un paso de convertirse en su sucesor.

Macron nació en Amiens a finales del 77. Si hoy puede bajar en casi una década el récord que ostenta Valéry Giscard d’Estaing como el presidente más joven de la historia de Francia, es en parte por una trayectoria precoz. Educado en un liceo católico de su ciudad natal antes de mudarse a París, a los 17 años obtuvo uno de los premios del Concurso de Bachilleres de Francia, cuya lista de galardonados incluye a Baudelaire, Rimbaud, Victor Hugo y Louis Pasteur. En ese entonces estaba enamorado de su profesora de francés, Brigitte Trogneux, de 42 años de edad. La relación dejó de ser platónica al año siguiente, cuando Trogneux se divorció para vivir con su exalumno.

Brigitte lo acompañó durante su paso como funcionario por la Inspección General de Finanzas y lo apoyó cuando, a los treinta años, se dio el lujo de rechazar la presidencia del Medef, la más influyente organización gremial del país: su interés era la banca privada y en el 2012, como intermediario al servicio del holding Rotschild en la venta por nueve mil millones de euros de una filial de la multinacional Pfizer a (la otra multinacional) Nestlé, recibió una comisión suficiente como para poder lanzarse a la política sin preocupaciones monetarias.

Tras abandonar su prometedora carrera en el sector bancario, Macron se unió al círculo de jóvenes simpatizantes de Hollande, cuando éste era apenas un segundón a la sombra de Dominique Strauss-Kahn. La jugada le valió una entrada de honor en los cuadros de la campaña presidencial del 2012, cuando el favorito cayó en desgracia tras abusar de una camarera en un hotel neoyorquino. Hollande recompensó su lealtad dos años nombrándolo ministro de Finanzas.

Los dos años que duró en el cargo le bastaron par darle a la presidencia de Hollande el giro hacia el liberalismo con el que tal vez será recordada y cuya sucesión comenzó a consolidar, para desgracia del Partido Socialista Francés, cuando después de regresar en barco del Palacio del Elíseo, se instaló en una oficina en el piso 14 de la Torre Montparnasse y convirtió su movimiento político ¡En Marcha! en un partido independiente que no esconde ni su socialismo tradicional en cuestiones como las minorías ni sus intenciones de liberalizar el mercado laboral en la más pura tradición capitalista.

Ese carácter neoliberal le ha granjeado el favoritismo de las clases medias-altas urbanas y la antipatía de los izquierdistas más radicales, que sin embargo tal vez votarán por él para bloquear la amenaza de Marine Le Pen. Opuesto en todo a su rival, Macron ataca el proteccionismo económico y propone consolidar las instituciones transnacionales, incluso para garantizar la acogida de los refugiados, un tema en el que no ha dejado de afirmar que lo que Francia ha hecho hasta el momento está por debajo de la dignidad y los medios que puede permitirse uno de los países que sostienen esa Europa que defiende.

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