Crónicas y Reportajes/Periodismo

Una cerveza con el grafitero colombiano que la rompe en Europa

publicado en VICE

 

Desde finales de junio, dos galerías parisinas exponen dibujos de gatos. En una, la Art Jingle, los felinos están sobre soportes que van del acrílico y el lienzo hasta el concreto. En otra, la 312, cubren todos los muebles, la decoración y las paredes. Coloridos, en blanco y negro, aislados como un retrato o mezclados hasta formar una trama, esos gatos son los mismos que desde hace 20 años aparecen en los muros que bordean el Canal Saint-Martin de París, en los camiones que se estacionan cerca de los mercados de Belleville o Barbès, las persianas metálicas de almacenes de ropa y, en fin, en los bares de todos los barrios de París. Y en Oslo y en Venecia y en Miami y en Bogotá y enBarcelona.

“Tuve un gato cuando era niño. Se llamaba Michín, como el del poema de Rafael Pombo”, dice Alberto Vejarano Cáceres. Nacido en Bogotá en 1976, Vejarano es el hombre detrás de todo. Sentado en una cafetería argentina del Marais, el barrio gay, judío y hipster de París, toma una Quilmes y almuerza, a una hora tardía, dos empanadas. Entre el momento en el que pide y aquel en el que le sirven, sale del negocio y pinta uno más de sus gatos en un buzón de los correos nacionales: “siempre pasaba y veía ese color amarillo y no me aguanté más”. Eso me dice al volver.

Hablando de Vejarano, Stephane Bou, de Art Jingle, dice que “el street art es el nuevo El Dorado. La gente está harta del arte neo- pop”. Por eso mismo, por esa expansión de ese arte, no solo los Pixies hicieron de los gatos de Vejarano el tema central de su video “Greens and Blues”, sino que Samsung le encargó el diseño de una colección de accesorios y el grupo Lafayette la decoración de la más importante tienda por departamentos de la capital francesa.

Todo eso a punta de gatos.

Todos están firmados así: Chanoir.

“Cuando yo era niño y vivía en Bogotá era muy fan de la serie Heathcliff y de Tom y Jerry. Sobre todo de Tom. Mi hermana tenía decorada su habitación con afiches de Hello Kitty y después, cuando nos venimos con mis papás a París, puso uno de Le Chat Noir, un viejo cabaret de Montmartre”

Años después, la imagen de el gato que aparecía en ese afiche, creado por Stienlen a finales del siglo XIX, y tal vez más famoso que el cabaret. Le haría pensar a Vejarano en el gato Fritz de Robert Crumb. Así de bohemio, medio noctámbulo y libertino: el logo ideal para un artista callejero”.

“Durante los primeros años de grafiti, Alberto marcaba los muros con el nombre ‘Chat Noir’, así, con la ‘t’ final que no se pronuncia en francés. A veces Black Cat o Gato Negro”, recuerda Olivier, quien lo conoce desde que el futuro artista era un niño recién inmigrado de Colombia. “Todos íbamos a su casa, porque tenía los papás más cool del barrio. Gustavo y Rocío nunca lo molestaban por nada. Ni siquiera lo obligaban a hacer las tareas”.

Su padre, Gustavo Vejarano, hizo parte de un grupo de artistas colombianos becados que viajaron a París acompañados de sus familias. Varias de ellas con niños pequeños que terminaron creciendo en Francia.

El edificio donde vivían los Vejarano estaba en el distrito 19 , en un apartamento de la rue Manin en el que abundaban los”HLM”, esos conjuntos de vivienda de interés social que el gobierno francés destina a familias de obreros y trabajadores manuales y donde la mayoría de la población tiene origen extranjero.Según Rocío Cáceres, su hijo Alberto amaba tanto la diversidad del barrio que nunca se ha mudado a otra parte y no cree que lo haga.

En la zona había también fábricas, bodegas y vías férreas, por lo que “el XIX” era también un barrio de muros, en los que, desde comienzos de los 80 y bajo la influencia del hip hop estadounidense, los parches comenzaban a dejar sus marcas. Los Donner, los Zulu Nation, los Requins Vicieux eran algunas de las galladas que se convirtieron luego en colectivos artísticos.

“Pero lo que más me definió fue el parche de cancha”, dice Vejarano. “Uno caía a jugar baloncesto, pero también a escuchar música, a pasar la tarde”. Vejarano sigue siendo un buen basquetbolista, eso dicen al menos quienes lo conocen: “se mueve en el terreno con una gracia particular, lo que contrasta con la mayoría de artistas, que, en general, son muy torpes en el deporte. Al verlo estirar el brazo y doblar la muñeca para encestar, me lo imagino perfectamente con un aerosol, pintando sus gatos”, dice Loïc, un agente de vigilancia del Museo del Louvre, que conoció a Vejarano en una cancha de Aubervilliers, un suburbio vecino del distrito XIX.

Pero a pesar de su afición por el baloncesto, que incluía trasnochadas semanales para ver los partidos de la NBA, y de que practicaba el boxeo con juicio, el sueño de Vejarano durante su época de colegio era ser médico.

“En bachillerato estaba en la especialidad científica y era un estudiante destacado. Le interesaba la psiquiatría”, dice Rocío. Alberto Vejarano Cáceres pintaba para ser un digno nieto de Alberto Vejarano Laverde, uno de los fundadores de la Clínica Shaio de Bogotá, cuando en 1996, se le atravesaron cinco paneles, de dos por tres metros cada uno, que bloqueaban una construcción.

En ellos estaba escrita la frase “De noche, todos los gatos son grises. Despierta, mi viejo París”.

Allí pensó en el afiche del cuarto de su hermana y pintó su primer gato.

“Como todos, me obsesioné por darme a conocer. La gente tiene que reconocer tu trazo y entonces marcas todo lo que puedas. Eso desata una guerra de habladurías: quién pinta en el sitio difícil, quién raya el trabajo del otro. En el street art, esa promoción que uno se hace es el 80% del trabajo”, dice Vejarano.

En 1997, con su logo de grafitero bien definido y una cierta reputación de artista callejero en la zona noreste de París, Vejarano entró a la Academia Parsons y poco después fue admitido en la Escuela de Bellas Artes. En el taller de Jean-Michel Alberola se movía entre las referencias clásicas y el pop art. “Tagueaba menos, pero no perdí la actitud. En un lugar tan aburguesado yo llegaba con mi gorra y tales: pura pinta de chico de barrio”, diceal respecto.

Lo vi y pensé: ¿artista? Con esa pinta parece un estudiante de Harvard”, dice el fotógrafo Gilles Ouaki, propietario de la Galeria 312. “No lo digo como una crítica, sino porque se le nota que es inteligente y respetuoso, muy diferente de esa mirada de traba que suelen tener los que hacen street art.”

“Es uno de los raros street artists que pasó por Bellas Artes y eso le permite tener una reflexión que sustentasu trabajo”, dice Stephane Bou, de la Galería 312.

Mientras vamos de una galería a la otra en su motocicleta Piaggio, le pregunto a Vejarano si nunca tuvo un momento de duda a la hora de pasar del mundo de los muros al de los mercaderes de arte.

––Lo que expongo tiene mucho en común con los muros. El mismo tipo de imágenes y el mismo universo. Además, es una entrada de dinero. Yo ya le he cogido el ritmo al número de cuadros que puedo hacer y vender por año. Uno vive de eso y es mejor que la época en Barcelona.

––¿De qué vivías en Barcelona?.

––Del shit, la resina de cannabis. Compraba para mí y luego se la daba a conocidos un poco más cara y le daba una parte al que me arrendaba el cuarto.

Vejarano había casi abandonado la pintura de calle (“los más jóvenes ni siquiera sabían quién era Chanoir”) y se orientaba hacia el pop art hecho en el taller, cuando aterrizó en medio de la efervescencia del movimiento del grafiti barcelonés. Allí conoció a varios de los que serían sus cómplices futuros y donde dio forma al colectivo 1980, un homenaje a la década de su niñez. Fue también en Barcelona donde, junto a El Pez, Vejarano realizó el documental Muros Libres, filmado en varias temporadas y terminado en el 2006.

“El ‘libres’ tiene que ver con la libertad no sólo de quien pinta sino de quien habita la ciudad. Yo empecé trabajando en muros que iban a ser demolidos. Mis dibujos no molestaban a nadie y aunque tuve una época de mucho desafío, el street art no debe ser un enemigo del paisaje urbano ni mucho menos destruirlo. Yo prefiero pintar donde no perjudico a nadie. A la luz del día y con calma, para dejar un trabajo bien hecho que inspira respeto pero que también respeta”, dice

 

1606 14Chanoir (32)

“En Grünerløkka, en Oslo, tiene un muro enorme que nadie se atreve a borrar, porque se ha vuelto un símbolo del barrio”, dice Martin Whatson, un artista noruego con quien Vejarano compartió un periodo de trabajo. “Estaba también su amigo El Pez. Salíamos mucho y siempre Alberto era el que quería quedarse hasta más tarde”, dice Whatson.

Vejarano habla de salir a un bar. Regresar a casa con una chica para seguir la fiesta, despertarse tarde y trabajar a partir de las 3:00 p.m. y hasta entrada la noche , como recuerdo de otros tiempos y proyecto de vida para cuando Valentín, su hijo que ahora tiene ocho años, haya crecido. Por ahora calza 35. Me entero cuando le compra zapatillas.

De baloncesto.

“Alberto le habla siempre en español, como yo les hablaba en español a ellos cuando eran niños. Es esencial que no pierdan esa conexión con sus orígenes”, dice Gloria.

En 2015 el Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá presentó una retrospectiva del trabajo de Chanoir. Fue también en la capital colombiana donde doce años atrás realizó “Mi complejo de Peter Pan”, la exposición en la galería La Cometa a la que siguieron otras en Entre Arte y La Quinta y luego en galería y museos de Lille, Sète, Roma y Barcelona. En 2009, su participación en Né dans la Rue (Nacido en la calle) en la Fundación Cartier representó el descubrimiento para el gran público del artista cuyos dibujos ya estaban acostumbrados a ver en los muros de la ciudad.

“Miss Van, una amiga artista me decía que en el street art uno tiene que aguantar diez años y que ahí todo comienza a funcionar. Yo llevaba trece”.

Ese mismo año la casa de costura Cacharel lo invitó a diseñar una colección, que llevó a que Disney le confiara la fachada de su boutique en los Campos Elíseos. Samsung lo llamó para diseñar una serie de carcasas para celulares y un afiche gigantesco que recubría la Conserjería, la prisión con vista al río Sena en la que María Antonieta pasó los últimos días antes de su ejecución. En 2013, las Galerías Lafayette lo invitaron a intervenir la famosa tienda por departamentos y el recién inaugurado Streets Hôtel puso en sus manos la realización de todos sus muros y decoración interior.

“No me siento culpable. La mayoría de mis compañeros de generación aceptan trabajos por encargo y eso les permite estar tranquilos.No me gusta hacer de mi arte una proclama política. Tengo mis ideas pero pueden cambiar con el tiempo y no quiero imponerlas a nadie. La gente ve los gatos en un almacén, luego en un objeto, luego en una galería y después lo identifica en un muro. Que vean los gatos me basta”….

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