Crónicas y Reportajes/Periodismo

La pobreza llega al barrio más rico de París

publicado en EL ESPECTADOR

 

 

Aquí no hay nada. O casi nada. Sólo una franja de terreno al borde del Paseo de las Fortificaciones, que más que paseo es un largo parqueadero. Más allá de la calzada, otro terreno con árboles secos y luego los ocho carriles del Bulevar Periférico.

“Pero si los instalan aquí van a acabar con nuestro bosque. Son capaces de coger los árboles para hacer fogatas. Yo tengo una nietecita de once años que ya no va a ser capaz de salir, por miedo a que la violen”, dice un viejo que pasea un perro por el sector. Las frases le salen como ráfagas. “Lo que vayan haciendo en el día, lo desmontaremos por la noche. Estamos organizados y no vamos a dejar que los traigan. Ellos nunca podrán integrarse en este barrio”.

“Ellos” son las doscientas personas sin hogar que la asociación Aurore, en convenio con la Alcaldía de París, planea albergar en una estructura desmontable que será instalada durante tres años en el baldío bordeado por el Paseo de las Fortificaciones. “Este barrio” es el Distrito XVI, el más conservador y más adinerado de los veinte en los que esta dividida París y también el que ofrece menos cupos de alojamiento de urgencia. Si en distritos populares como el XX existen doce mil cupos, otros más residenciales como el XII o l XIII ofrecen casi diez mil. En el XVI, la cifra es de… dieciocho.

Pero si los habitantes del XVI están tan descontentos con el proyecto que durante un intento de reunión de conciliación llamaron “puta” a Sophie Broca, la representante de la alcaldesa de París, no es sólo porque al futuro centro de alojamiento vengan a vivir pobres. “Somos personas muy caritativas. La gente del barrio hace donaciones todo el tiempo”, dice Marie, una pensionada indignada frente al letrero que anuncia el comienzo de los trabajos.

A lo que le temen es a que entre esos pobres haya refugiados. Luego de que tres personas, todas paseando sus perros, se reúnen junto al terreno al que dan sus apartamentos de 13.000 euros por metro cuadrado, aparecen las palabras “violadores” y “terroristas”. “Yo nunca votaría por Marine Le Pen”, dice otro de los presentes (que no lleva perro), “pero tampoco se puede negar, como dice ella, que existe un riesgo sanitario”.

“No se trata de un centro para refugiados. Habrá incluso trabajadores precarios que no pueden encontrar un hogar, esto sin condición de nacionalidad y también extranjeros que ya han presentado su solicitud de asilo. La estructura está pensada sobre todo para albergar familias”, afirma un portavoz de la Alcaldía de París. Los habitantes del barrio insisten: “No se necesita que todos sean extranjeros para que sea un problema. Siempre detrás de uno vienen cinco mas”, dice Rosalie, otra dama con perrito que pasea por los cercanos jardines de Ranelagh.

Damien Carême, el alcalde de Grande Scynthe, un municipio en el norte de Francia, tuvo también que enfrentar la oposición de una parte de los 22.000 habitantes de su ciudad cuando decidió crear por primera vez en Francia un campo “de acuerdo a los estándares del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados”. Más aún, el gobierno nacional, a pesar de haber desbloqueado un fondo para la atención de los refugiados, decidió no apoyar su iniciativa argumentando que ésta incumplía las normas del código sanitario. Carême siguió adelante con su proyecto y hace tres semanas inauguró un moderno campo en el que se instalarán 1500 refugiados, en su mayoría kurdos, que hasta entonces vivían en un terreno fangoso sin agua ni electricidad. Hasta el momento el único incidente entre los recién llegados y sus vecinos ha sido el robo por parte de dos adolescentes de una botella de whisky en un supermercado de la franquicia Auchan.

El éxito de la experiencia de Carême no basta para calmar las inquietudes de los habitantes del distrito XVI, quienes prefieren señalar el deterioro de las condiciones en el asentamiento conocido como “La Selva”, en la ciudad de Calais, en inmediaciones del Eurotúnel que comunica a Francia con Inglaterra. Allí viven cerca de 8.000 refugiados pasan esperando una oportunidad para pasar, en tren, ferry o camión al otro lado del Canal de La Mancha. “La Selva”, sin embargo, no se formó como consecuencia del establecimiento de un campamento de refugiados, sino del desmantelamiento de uno: el de Sangatte, demolido en el 2002 por orden de Nicolas Sarkozy, entonces Ministro del Interior.

“Es preferible un campamento organizado que tener a la gente viviendo en la calle. Los que se oponen a este tipo de iniciativas no entienden que bloqueando la construcción de centros los refugiados no desaparecen. En Sangatte la situación no ha parado de empeorar y hoy en día es inmanejable”, afirma Esther, una voluntaria que luego de trabajar en Calais distribuye alimentos a los cerca de cuatrocientos refugiados que han instalado sus carpas bajo el metro elevado parisino en inmediaciones del Canal de San Martín.

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Si para ella la situación es “inmanejable”, se debe no sólo a los problemas internos del campo, que van de la insalubridad a las peleas entre grupos de distintos orígenes, sino a las incursiones de grupos de “ciudadanos” que han conformado brigadas de autodefensa para intimidar a los extranjeros. Fue en Calais donde, el pasado febrero, la policía detuvo un grupo de siete hombres armados con barras de acero y aerosoles lacrimógenos que llevaba varias semanas agrediendo inmigrantes en horas de la noche. Al menos otras dos bandas han sido señaladas por organizar rondas para golpear a los refugiados con linternas de gran tamaño e incluso “bastones eléctricos”.

Los autores de las acciones violentas no son siempre civiles. Según un miembro del equipo de Médicos Sin Fronteras, los profesionales de la salud que trabajan en la región de Calais firman cada mes “decenas de certificados médicos” para constatar agresiones policiales.

Menos discretas que las milicias de Calais, en ciudades como Lille, París y Lyon existen desde hace alrededor de dos años “patrullas”, conformadas por jóvenes asociados a movimientos extremistas como Generacion Identitaria , que vistiendo uniformes en general de color amarillo, recorren los vagones del metro para mostrar a los usuarios su “compromiso con la seguridad” . “No somos racistas. Nosotros estamos aquí para atemorizar a los ‘ñeros’”, dice uno de ellos.

En el discurso de uno de sus acompañantes, sin embargo, se deslizan palabras como “patria” y “tradición”. Generación Identitaria además ha convocado en varias ocasiones manifestaciones para denunciar la “islamización de Europa”…

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