Ficción

La Estatua del Parque

publicado en Águilas y Moscas

Freedom is just another word

for nothing left to lose

Janis Joplin

 

El camión se detuvo y pusimos los pies sobre el asfalto; primero Ariadna, luego yo. Buena gente el señor, nos había dejado viajar en la cabina. Buen presagio. Luego de escuchar nuestros agradecimientos, se despidió con un “Suerte” y siguió con su carga de chatarra para Sogamoso. Al otro lado de la carretera vimos el anuncio en la pared: TIENDA “LAS QUINCE LETRAS”. Ese letrero me había llamado la atención desde que era pequeño y pasábamos por esa carretera en camino al Paso de Pescadero. LAS QUINCE LETRAS. Traté de pensarlo en inglés, the fifteen LETTERS eran diecisiete.THE SIXTEEN LETTERS, igual. SEVENTEEN se pasaba. THE EIGHTEEN letters era perfecto pero el hecho de que el letrero fuera en inglés cambiaba todo el paisaje. “THE EIGHTEEN LETTERS” ya no era una tiendita de carretera sino un refugio para asesinos en fuga y parejas ilegales. Sonreí y le conté mis pensamientos. Ella también sonrió, señal de que ya no estaba histérica por haber tenido que esperarme una hora en el Terminal de Buses de Piedecuesta. Falla de logística. Desde que mi papá murió en suelo extranjero (dejándonos un retrato en el álbum familiar y un montón de discos de Leonardo Favio, cantautor argentino, que creo le robó a un amigo) a mi mamá no le gusta que me vaya. Esta vez no fue diferente. Estaban construyendo un nuevo muro para encerrar el jardín y la casa estaba hecha un desastre. Acción: el hijo dice que se va de campamento a Umpalá con Ariadna Huxley Puertas. Reacción: la mamá dice que por qué el hijo tiene que buscar lo que no se ha perdido, que Ariadna no le da la talla, que tarde o temprano lo va a cambiar por otro y ahí se va a arrepentir y que no dice nada más, porque, por supuesto, mamá va a ayudar a construir el muro. Dije tres veces “Hasta luego” sin conseguir respuesta aún contando que la última vez dije “Hasta luego madrecita de mi corazón”. Salí dándole duro a la puerta justo a tiempo para ver pasar el bus por la esquina y entonces tener que quedarme el qué rato pensando que Ariadna ya debía estar en Piedecuesta. Cuando por fin pasó el bus no había un puesto libre. En la radio transmitían el programa de la Iglesia del hermano Pedro y sólo bajaron el volumen en el momento en que se subió a hablar un vendedor de purgantes naturales. El tipo dijo algo de gusanos y entonces pensé que hay que ser muy gusano para tratar así a la mamá y pobrecita ella quedarse sola con su muro en construcción pero era cierto también que ya que uno algún día se irá del todo es mejor comenzar de a poquitos. “Libertad no es más que otra manera de decir nada queda por perder”, como decía Janis y algo de Janis había en Ariadna. Si hay que perderlo todo, hay que perderlo todo. Punto.

Mi papá lo odia porque dice que desde el día en que lo conocí me volví tren nocturno. Muy paternal ese término. Que ya casi ni se me ve por la casa y que cuando estoy es colgada del teléfono o en el messenger o escuchando música a todo volumen. Y es verdad, me encierro y apago las luces porque así es menos peligroso y entonces comienzo a subir el volumen hasta que ya no escucho mi voz. Entonces mi papá tiene razón, hasta de día soy tren nocturno, quizás los rieles se doblarán, pero eso mis ojos no lo verán. Mientras me estaba vistiendo mi mamá debió decirme doscientas veces que cuando mi papá se enterara me iba a matar. “Usted largarse así –“Cómo nos va a hacer eso” – “Míreme cuando le hablo, Ariadna”. No me importaba nada. Triste pero cierto, no me importaba nada. Llevé música de Iron Butterfly, algo de Pink Floyd. Shine On You Crazy Diamond. Saqué los condones de la bolsita del supermercado donde los había comprado el martes anterior (primera compra en mi vida pero no será la última) y los eché en el bolsillo de adelante. Guardé la hierba entre la bolsita de los condones y la bolsita entre unas medias. Empaqué dos camisetas y un brasier extra. El abrelatas de la casa, la linterna de mi papá. Sólo eran tres días, no necesitaba más. Antes de salir miré en el armario que hacía de bar y empecé a revisar las botellitas. Nada. Nada. Vacía. Aguardiente que no me gusta. Nada. Casi nada. Piña colada, qué asco. Brandy sin destapar. Una botellita pequeña, de esas de colección. Imposible perdonarla. La eché en el morral y juro que pensé qué más podía echar porque no me gusta que falten cosas, pero no se me ocurrió nada. Mi mamá, ya resignada, me recomendó que no desafiara las fuerzas de la naturaleza.

Muy maternal ese consejo.

Luego supongo que se tomó su pastilla amarilla de siempre y dijo que los jóvenes ya no son como los de antes. Tomé el bus que iba para Piedecuesta. Estaba casi lleno y me senté en el puesto de atrás del conductor, que hablaba a gritos con un tipo que iba en la puerta de adelante y que a todos los vendedores les decía que se habían acabado de subir a vender y era mentira porque no se subía nadie. Ni siquiera dejó subir a los niños que se suben en la Plaza Guarín a vender dulces. Frenazo, me apoyo en la baranda de enfrente y ahí me doy cuenta de que se me quedó el anillo de la suerte que me regaló mi amiga Alejandra. Ella misma lo había hecho según el modelo de unos libros que había encontrado con Natalia Hetfield en una casa abandonada. O eso dijo ella, pero ellas dos siempre inventaban historias de ese tipo. En todo caso Alejandra abrió esos ojos enormes que tiene y me dijo que me protegería y yo le dije que ella hacía mal el papel de bruja y que un anillo de calavera no debe ser de buena suerte a no ser que uno ande con un motociclista vestido de cuero lo que no es el caso porque voy en un bus rumbo a Piedecuesta y después del bus viene el autostop y Andrés usa chaquetas de jean y no de cuero. Pienso en bajarme por el anillo pero Andrés es puntual y ya voy muy tarde. “Ya qué” pienso en voz alta y en esa voz baja que uno oye cuando piensa: le pido a Alejandra perdón por haber dejado su anillo.

Capture

Llegué cuarenta y cinco minutos tarde al Terminal de Piedecuesta y no lo vi por ninguna parte. Pedí una cerveza en la tienda y le pregunté a la señora que atendía si había visto a un muchacho de cabello largo con una guitarra. Dijo que no, que el día anterior habían estado unos mechudos que iban para la Mesa de Los Santos pero que ese día nada. Después de terminar la cerveza, encendí un cigarrillo, miré el reloj, (tiempo de cerrar, mejor me voy y aprendo a olvidar). Entonces llegó Andrés. En una mano la carpa, en la otra unas gafas negras. Guitarra al hombro. Me saludó de beso en la boca y lo besé sin emoción. Llevaba quince minutos esperando, pero le dije que una hora. Que le apuráramos. Pulgar levantado. El primer camión se detuvo, llevaba chatarra para Sogamoso. Dejé que Andrés se sentara junto al conductor para quedar al lado de la ventana. El tipo nos preguntó si íbamos para Bogotá y Andrés le dijo que no.

“Sólo hasta Las Quince Letras, en el desvío para Umpalá”.

Alejandra y su Dani Cobain decían que iban a viajar hasta Argentina en autostop y allá se iban a tomar una foto frente al obelisco para enviarla con un mensaje que dijera “Miren hijueputas lo que se están perdiendo”. Nuestro viaje era corto. Yo no tenía el anillo de la suerte. Hacía rato no sabía de Dani, de Alejandra. Nuestro viaje era realmente corto. El camión se detuvo en una curva. “Bájensen rápido que estoy mal parqueado”. Así lo hicimos, yo primero, luego él. “Suerte” dijo el conductor y arrancó de nuevo. Estuvimos callados tres segundos. Andrés dijo algo estúpido que me sacó una sonrisa. Él también sonrió. Me dio la mano y comenzamos a subir la montaña. El camino la recorría aferrado a ella como una serpiente asustada (¿las han visto, las serpientes asustadas?). Andrés sacó una cerveza en lata y una grabadora de periodista que creo era de Alejandra. Sonó Corduroy de Pearl Jam.

 

Había una piel de serpiente en el camino. A veces se ven pieles de serpiente en las carreteras destapadas. Ariadna dijo que la serpiente se aferraba a la montaña como un camino. Puse “Inmortality” de Pearl Jam. Bacano es caminar con música. Una canción, esa cosa que conecta las neuronas mejor que las sinapsis no importa si es en la ciudad o por fuera de ella. Todos los terrenos y la felicidad de sentirse bien porque uno tiene agujeros en los zapatos y hay una razón para esos agujeros. Heridas de guerra, que te descubran nuevas tierras y te observen nuevos cielos. Luego es literal, la tierra suelta de los caminos, el movimiento de mirar atrás y ver las huellas marcadas en el polvo del camino. Ariadna dijo que Alejandra había soñado últimamente con desiertos. Yo con desiertos no he soñado nunca, pero caminar en el desierto debe ser como caminar por los caminos de la región del Chicamocha, un puro mirar hacia adelante a ver si hay algo y hacia atrás para mirar las huellas que se han dejado…

 

… continué leyendo en Águilas y Moscas

 

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