Crónicas y Reportajes/Entrevista

La obra de Mircea Cartarescu: 200 años de Europa Oriental

publicado en Revista Arcadia

Tome Cien años de soledad, agréguele la feliz locura y la espiral en bajada de los falsos bohemios de Rayuela, las sagas familiares de Faulkner, la nostalgia por los detalles de Proust, la recurrencia de los personajes de Balzac, los juegos mentales de Borges, la opresión que se siente en Kafka, las monomanías de Poe, las mujeres de las novelas de Leonard Cohen, la presencia obsesiva de una ciudad como en Joyce y la Nueva Orleans mágica de Capote. Entonces tendrá una primera idea, una impresión al menos, de lo que puede encontrarse en la obra de Mircea Cartarescu. Un momento… faltan los extraterrestres. Y los monstruos. Lovecraft con todo. Cuando la traducción francesa del primer volumen de su trilogía Orbitor (La ceguera) fue publicada, la editorial Gallimard la incluyó en su colección de Ciencia Ficción.

“Se me hizo raro, pero no es ilógico”, dice Cartarescu. “Cuando yo era niño leía un semanario que se llamaba SF Stories. Cada jueves me levantaba temprano para no perderme ningún número y luego corría a la casa a leerlo. La literatura de ciencia ficción nutrió mi imaginación y mis ganas de ponerme a escribir historias. Y de hecho, mi primer relato, que escribí a los 14 o 15, pertenecía a ese género. Lovecraft –el maestro del horror–, Philip K. Dick, Asimov, Klein y muchos otros fueron los héroes de mi adolescencia”.

Sus lectores lo saben: ese joven obsesionado con la literatura, que mira Bucarest por la ventana de su habitación en un edificio del bulevar Stefan cel Mare en los barrios obreros de la ciudad, es un personaje recurrente tanto en las obras monumentales de Cartarescu, como Orbitor, que tardó 14 años en escribir, y la recién publicada Solenoid (832 páginas en rumano) como en sus colecciones de cuentos y novelas cortas, de las cuales Nostalgia, Travesti, El ruletista, El levante, Las bellas extranjeras y Lulú están traducidas al español. La curiosidad del niño adolescente explorador (y su consecuencia directa, el descubrimiento de pasadizos secretos que llevan a mundos desconocidos), las funciones corporales, los seres que cambian de forma y género, las conspiraciones, la sexualidad atormentada y la cultura pop son otras de las obsesiones que se tejen alrededor de ese alter ego, que antes ha sido un colegial en una casa “en forma de U de la calle Silistra” y durante los años ochenta será un profesor de rumano en una escuela cerca del hospital Colentina mientras trabaja en un “poema total”.

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Como el Cartarescu “real”, el Mircea de sus ficciones se sueña escritor, lo que parece un destino con un nombre que remite al titán de las letras rumanas, Mircea Eliade, y un apellido que encierra la palabra “libro” (“cartea” en rumano). “Pensé que era un seudónimo”, le dice el director de un taller literario al personaje de Solenoid, calcando lo que tenía que escuchar Cartarescu de verdad cuando se abría carrera en un mundo cultural agobiado por los límites de la dictadura. Su primer poemario Faruri, vitrine, fotografii apareció en 1980. Cartarescu publicaría tres libros más durante la “época de oro”, como los rumanos llaman irónicamente a una década donde todo escaseaba y el país había dejado de funcionar. El último de ellos, Visul (El sueño), fue publicado por la editorial estatal Cartea Romaneasca en julio de 1989. Cinco meses después, el único orden político y social que había conocido su generación se desmoronaría en la semana que pasó entre las primeras protestas de Timisoara y el fusilamiento de Nicolae Ceaucescu.

“No lo vaya a leer. Mejor consígase Nostalgia, que es la versión sin censura. No pierda el tiempo con Visul”, me dice Cartarescu por Facebook cuando le cuento que encontré un ejemplar en un anticuario de Bucarest.

Un elemento de la continuidad de su obra son las rupturas brutales en la historia de su ciudad: la llegada de los comunistas al poder, el terremoto de 1977, la Revolución del 89, por supuesto. Cuando le pregunto si cree que la Revolución representó también un cambio en su manera de escribir, contesta: “Una revolución no es suficiente para cambiar mi estilo. Quizás un apocalipsis lo lograría :)”.

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