Crónicas y Reportajes/Periodismo

BDSM en París: un barco cargado de fetichistas.

publicado en REVISTA DON JUAN

por Ricardo Abdahllah

fotografías Juan Pablo Gutiérrez

 

Una familia de turistas observa el Sena desde el puente del Arzobispo, detrás de la Catedral de Notre Dame. Es el comienzo de una noche de verano. Aún pasan los barcos-mosca repletos de japoneses y estadounidenses, y la procesión de la Asunción de la Virgen que recorre los muelles de camino hacia la catedral. Eso no es lo que está mirando el hijo mayor, que señala con la mano para mostrarles a sus papás y hermano la cubierta de una barcaza anclada en el río. Es
la Peniche Henjo. En ella hay un arco metálico y colgando de él una joven desnuda con un tatuaje que le cubre toda la espalda. Recostados en la borda, los dos tipos, mucho mayores que ella, beben un mojito apoyados sobre la borda. Parada tres metros detrás de ellos, una mujer les descarga latigazos en las nalgas. Su única reacción es apretar el vaso.
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De la música uno no puede quejarse. Según el DJ, puede variar entre éxitos de The Clash o los Stones o algo más gótico, como Type O Negative o Nine Inch Nails y por ahí, por Closer, se puede pasar hasta “S&M” de Rihanna, o “Tainted Love”, para que la cosa sea más cercana al tema de las fiestas. La gente pica del buffet servido en el interior de la barcaza. He visto algunas veces comida bien preparada, pero hoy son quesos de supermercado y pasabocas de paquete.

–¿Primera vez por acá? –me dice un tipo de camisa blanca. Lleva un candado en el cuello.
–No. He venido algunas veces.
–Yo sí es la primera vez –responde. Se llama Henri. Dice que supo de la Nuit Élastique en internet.
–¿Y qué le parece? –pregunto.
–Como una fiesta cualquiera.

“Yo siempre he admirado a los fetichistas de los pies, son ellos los que comienzan la fiesta”.

Algunas parejas se acodan en las mesas. Tres chicas toman sus mojitos, mucho más baratos que en cualquier bar de París. Un hombre se acerca al grupo y se pone de rodillas.

–Disculpe usted, señorita, ¿me permitiría lamerle los pies? –dice.
–No, gracias –responde la primera.
–Más tarde –responde la segunda. La tercera estira su pierna derecha. El hombre comienza por los tacones, pasa a la suela. Como sabe hacerlo, ella no dirá nada cuando suelte las cintas que atan sus botas y apenas se recostará contra la pared del barco para sostenerse ahora que él se ha metido a la boca todos los dedos del pie. Yo siempre he admirado a los fetichistas de los pies, son ellos los que comienzan la fiesta.
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Francis Dedobbeleer es un belga de ojos grandes-casi-saltones y un amante de la cultura japonesa desde el sushi hasta el shibari. Trabaja en la promoción de la Boutique Demonia, una bodega en el distrito XI de París que podría competir en tamaño con el Sexodrome de la Place Pigalle si el tamaño importara. Sólo que el Sexodrome es generalista y Demonia se especializa en vestuario fetichista y accesorios BDSM. “Ahora hay muchas parejas. Cuando empecé, hace veinte años, venían muchos hombres solos. A lo mejor la gente es menos tímida, a lo mejor era porque en la época teníamos jaulas con hombres desnudos dentro del almacén”, dice. “Los accesorios se vendían, pero a la hora de practicar había que conseguir pareja o en los anuncios de revistas o pagar la entrada a un club privado. Aunque para las mujeres había ‘tarifas preferenciales’ en esos lugares, allí iban a dar con hombres que habían pagado el equivalente de cien euros
hoy en día. No sólo eso excluía gente interesante, verdaderos hedonistas, sino que hacía que los hombres se sintieran ‘con derechos’ por el dinero que habían pagado. En Francia tienen esa idea de que el fetichismo es algo de aristócratas, pero es algo que todos llevamos dentro y no veo por qué uno tenga que ser adinerado para vivirlo.

“Charles de Beaumont es músico y vende cuerdas. ‘Recuerdo que desde niño sentía mucho placer cuando tocaba un lazo y me ponía a jugar pasándomelo entre los dedos’, dice”.

Creo que soy el único de izquierda entre quienes organizan este tipo de fiestas. Yo me veo como un socialista del placer”. Hago una lista de las profesiones que escuché entre quienes asisten: estudiante, empleado de banco, ejecutivo, músico, jardinero, artista plástico, fotógrafo, historiadora, conductor de bus, geólogo y desempleado. Todo, salvo jardinero, en versión femenina y masculina. Para organizar su primera Nuit Élastique en 1988, Dedobbeleer creó una asociación sin ánimo de lucro que tiene como principio que todo lo recogido se reinvierte en la fiesta siguiente. Aunque con el tiempo la rumba se ha movido entre las Cavas de Chapelais, la Peniche y un local subterráneo llamado Los Establos de Josefina, la política de precios “socialistas” sigue en pie. Tampoco ha cambiado la regla de oro que obliga a que al menos la falda o el pantalón estén hechos de cuero, látex o vinilo.
* * *

La mayoría de los que frecuentan la Nuit Élastique compran sus trajes en internet. Algunos aprovechan viajes a Inglaterra o Alemania. Para mis primeras veces llevé una falda de cuero comprada de segunda mano, pero la gente me miraba como el intruso que era. Así que terminé por ir a Demonia. Uno podría pasar diez veces frente a la puerta y creer que adentro hay una fábrica de confecciones o una dependencia oficial. Hay una “D” gigante en la entrada y un guardián sonriente. Adentro el espacio, sin mayores divisiones, hace pensar en uno de esos almacenes de caridad del Ejército de Salvación o de la Cruz Roja. Además de los juguetes típicos de un sex-shop, están los accesorios especializados, plugs XXL, ganchos, pinzas metálicas, fustas y látigos. Y las prendas en los famosos tres materiales. Botas, máscaras, corsés, ropa interior, una pantaloneta con puyas hacia adentro.
La vendedora se hace llamar Ellen Modhell y es estudiante de biología. En la siguiente Nuit Élastique ella lleva un vestido púrpura y recibe a los asistentes apenas suben a la barcaza. Algunos han comprado su tiquete, pero hay también una lista extensa en la que figuran los nombres o pseudónimos de los invitados de Francis. Él no me lo confirma, pero pareciera que al menos la mitad habría recibido la semana anterior el email que les recuerda que son bienvenidos, gratis, y si quieren, acompañados. Para cambiarse hay un cubículo mixto, en el que una chica se acomoda su collar de perro, cambia un jean por una minifalda y guarda las bragas en su morral, y un tipo de saco y corbata cambia la pinta de oficinista por un traje enterizo con senos inflables. Ponerme el pantalón de vinilo y cadenas que compré en Demonia no tiene mucho misterio. Para atar el corsé de Nancy, en cambio, tengo que tirar tan duro que siento la fuerza en mi propia espalda.

Recostados en la borda, los dos tipos, mucho mayores que ella, beben un mojito apoyados sobre la borda. Parada tres metros detrás de ellos, una mujer les descarga latigazos en las nalgas. Su única reacción es apretar el vaso.

Nancy es colombiana, estudiante de doctorado. Antes de ir a la Nuit Élastique solemos tomar un litro de Martini blanco en su casa. Insiste en ponerme al menos sombras en los ojos, pero nunca me dejo. Tiene un gato y conoce a mucha de la gente que va a las fiestas. En el camino del metro al río encontramos a Jean Bernard, que iba con una nueva amiga japonesa. Dice que es la primera vez, y la veré en todas las fiestas desde entonces, con faldas más cortas, con botas hasta los muslos. Siempre sin tomar nada más que agua y siempre yéndose temprano. Con otro de sus amigos, Laurent, Nancy se disputa en frecuencia.

–Debe tratarme como una princesa, ¿no? Ese es el principio mismo de la sumisión. Pasito con el corsé. Costó 500 euros.
–Yo pagué quince por el pantalón.
–Se nota. Está muy feo. Lo de los materiales no es por joder sino para mostrar un mínimo de interés. De respeto. ¿Te parezco una dómina?
–No sé, todavía no las distingo si no están torturando a alguien.
–Me han dicho eso. Yo no vengo por sexo, sino porque sé que no puedo vestirme así afuera, pero me han dicho eso.
–¿Y has practicado como dómina?
–No, no delante de tanta gente. Además los tipos ni se acercan.

Aquí hay un montón de tímidos. Al terminar de bajar las escaleras desde la cubierta hay un tipo acostado boca arriba. Lleva una camiseta con el dibujo de un zapato de tacón. Tengo la decencia de saltarle por encima, pero cuando Nancy le pone sólo el pie derecho en el pecho, le dice que esté tranquila, que suba el otro con toda la confianza.
* * *

En las fiestas Nuits Élastiques de invierno, sólo suben a la cubierta los que no se aguantan las ganas de fumar. El Sena está crecido y si uno quita con la mano el vapor de las claraboyas, el agua se ve muy cerca. Entre los 250 asistentes hay una mezcla de atuendos dignos de la banda de metal Cradle of Filth, o para los que no conozcan la banda es como algo estilo Eduardo Manos de Tijera, con Matrix, con El Cuervo, con Hellraiser. Aunque entre los hombres predomina el color negro, hay también chicas vestidas de rojo y de blanco. Hay una “cosa”, así lo llaman. Está envuelto en un traje de cuero con correas que restringen el movimiento. Apenas un agujero para la boca. Otra persona tiene también las manos y pies atados, pero prefiere una falda y no lleva zapatos. Hay una máscara de luchador, también de látex, que deja escapar una cabellera larga. Un hombre que debe pasar de los sesenta con sombrero de copa, monóculo y un cigarro en la mano, que me recuerda al tipo del juego de Monopolio. Junto a la barra, tres tipos con uniforme de bomberos son, de hecho, bomberos.

La bartender, corsé y ligueros de vinilo, les propone una bebida con o sin alcohol. Dos de tres prefieren “con”. Un travesti de dos metros de alto les dice que tiene ganas de que lo rescaten. Una hora más tarde, un bote inflable de la policía se amarra a la barcaza. Tres agentes abordan. Uno de ellos, más o menos alarmado, les pregunta a los bomberos si todo está bien.

–Hemos pasado tres veces y vimos su lancha amarrada. Pensamos que había algún problema.
–No, sólo revisando. Verificación de rutina.
–El agente mira alrededor. Un hombre desnudo, sus manos apoyadas contra el muro, recibe latigazos al ritmo de la música. Dos seres asexuados con la cabeza afeitada y correas de cuero alrededor del pecho bailan mientras suena “Master & Servant”, de Depeche Mode.

La “cosa” está en el suelo. Una dómina le golpea los testículos con una fusta de equitación. Él apenas mueve la cabeza.

–Nos avisan si necesitan ayuda –dice el agente. Dedobbeleer dice que nunca han tenido problemas con las autoridades. “Hay algunos reglamentos en cuanto a salidas de emergencia y seguridad de incendios que son lógicos. En otras hemos cedido. Antes realizábamos sesiones de piercing. Es algo que está muy ligado a la cultura del fetiche, también a la BDSM por el lado estético y por el dolor límite, pero se necesita cierta formación y la gente puede salir con la idea dei ntentarlo en casa”, concluye, y dice que en las primeras fiestas eran menos exigentes con el dress code: “Pero tampoco queremos centenares de curiosos, así al menos hay un interés, no sólo una curiosidad morbosa”.

“Un hombre alto, calvo de sombrero de copa abre su bragueta y una mujer en enterizo rojo, de no más de treinta años, le hace un blowjob. Él la obliga a darse la vuelta y le da nalgadas”.

Como la Nuit Élastique se celebra el segundo domingo de cada mes, la de febrero se convierte en fiesta de San Valentín. En el programa hay un concierto de un grupo de metal y un desfile de modas en el que se presentarán las creaciones de Lydia Art. En el último paso por la pasarela, Lydia sale con sus modelos. Todas llevan globos de corazones. Me veo con ella dos días después en un café y no la reconozco sin su traje de fiesta. Lydia trabaja en una fábrica de ropa que no tiene nada que ver con el mundo del látex y el vinilo.

“Aunque producimos lencería y de ahí me inspiro. No es que yo pretenda competir con los grandes diseñadores fetichistas, tipo Patrice Catanzaro, pero me doy gusto creando mis modelitos”. Lydia compra los materiales en un almacén de confecciones dos cuadras abajo de la iglesia del Sagrado Corazón. Dice que le molestan las personas que combinan materiales. “Llevar pantalones de vinilo con una camiseta de algodón, perdóneme, pero es una aberración”. A la Nuit Élastique siempre va con su esposo. Tienen dos niños y la barcaza les ofrece un espacio donde practicar. “Antes recibíamos a otras parejas en un cuarto de la casa que teníamos adaptado para los juegos, pero ahora que los hijos están más grandes ya no se puede”.

Los habituales de la Nuit Élastique no sólo se encuentran en los eventos fetichistas. Una vez, en la presentación de la traducción de un libro de poesía oriental, conocí a Jean Bernard y su amiga. También estaba el tipo del monóculo, vestido igual que en la soirée. Todos se saludan con cierta confianza. Una pareja me pregunta de dónde conozco a Jean Bernard.

–De las soirées.
–¡Ah!, nosotros también.
–Nunca los he visto.
–Es que ahí nos vestimos de otra manera.

Para las Nuits Élastiques, Philippe de Beaumont se viste como un cortesano, como homenaje al caballero Charles de Beaumont, el famoso espía hermafrodita de comienzos del siglo XIX. Cuando lo encuentro en vestido de calle lleva una chaqueta negra. A él sí lo reconozco por los ojos verdes y pequeños y la cola de caballo –en el pelo, hay otros que llevan verdaderas colas de caballo–. Dice que aunque no ha viajado bastante ha aprendido mucho de la mezcla de las culturas.

Es músico, profesor de piano y también vende cuerdas, pero no de piano. “Las dos cosas se parecen. Tiene que ver con el tacto, con los materiales. Uno puede ser fetichista de cualquier cosa a través del tacto y yo soy fetichista de las cuerdas. Recuerdo que desde niño sentía mucho placer cuando tocaba un lazo y me ponía a jugar pasándomelo entre los dedos”.

Los performances de De Beaumont son uno de los puntos esperados en el programa de la Nuit Élastique. Junto a otros nombres como Amaury Grisel y Alex Dirtenvoop, es considerado uno de los maestros del bondage, y en particular de la difícil especialidad de la suspensión. “Yo mismo diseñé y mandé fundir el arco en el que realizó mis suspensiones. Claro, yo ensayo antes de presentarme, pero no con mi pareja, a quien no le interesan esas cosas. Entrenarse es muy importante. La persona que vas a suspender está confiándote su salud, por eso la clave es la seguridad. Siempre tener unas tijeras a la mano para cortar las cuerdas. Y nunca apretarlas tanto que no pueda pasar, al menos, un dedo entre ellas y la piel”. Nuit Élastique de otoño. De Beaumont quería instalar su arco en el exterior, pero el clima no ayuda, así que lo hace en la parte baja de la barcaza junto a la pista de baile. La primera mujer es alta, delgadísima. Para hacerse atar, sólo se deja las botas, de suela y tacón enormes. De Beaumont pasa un lazo alrededor de su cuello y luego arriba y abajo de sus senos y entre sus piernas. Luego la levanta en el aire. Los lazos se hunden en la piel, pero ella danza como si flotara. De Beaumont se acerca con una vela encendida. Yo pienso “un velón de esos de iglesia”. La modelo abre la boca para que la cera derretida caiga gota a gota. Las cámaras disparan. Deboeler sabe que mostrarse y ver es parte del juego. Cuando De Beaumont la baja del arco, ella le da un abrazo filial.
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Los mojitos más baratos de París. Una pareja que pasa de sesentones viene a todas las fiestas y baila cualquier cosa como si fuera rock and roll sesentero, y luego de unos tragos se besan en cada pausa. Un hombre alto, calvo, de sombrero de copa –pero no es el del monóculo–, abre su bragueta y una mujer en enterizo rojo, de no más de treinta años, le hace un blowjob. Él la obliga a darse la vuelta y le da nalgadas. Un hombre desnudo se hace envolver en celofán. Otra chica se abre varias cremalleras de su traje y se acuesta sobre una hilera de sillas con sus senos y su vulva expuestos. Un tipo de bigote le toca los pezones, pero ella retira su mano. Él no ha comprendido. Comprende cuando otro se acerca con una vela y llena de cera toda la piel descubierta. Una jineta en látex monta sobre su poni, que se pone guantes sin dedos para imitar las patas de un caballo.

De Beaumont organiza sus cuerdas cuando se le acerca un tipo vestido con un zentai, un traje enterizo de látex que lo cubre hasta la cabeza. Así se parece a Flash, pero cuando se desviste tengo la impresión de que he visto su rostro en otra parte. Calvicie “incipiente”, como los calvos llamamos a la calvicie avanzada. Aunque la suspensión es perfecta, con una gruesa vara de bambú apoyada en los hombros, ya nadie se acerca a tomar fotos. Así pasa un rato antes de que De Beaumont lo baje y él vuelva a ponerse su zentai. Luego se recuesta contra la pared como lo hacen otros hombres, cada uno por su lado, que nunca hablan con nadie y si acaso se masturban de a pocos sin terminar, porque cuando se acercan a una pareja o a un trío, les piden que se hagan a un lado. A lo mejor son los tímidos de los que habla Nancy, allí con cerveza en lugar de mojito. Sin pedir besar pies con la misma cara del que no sale a bailar, mirando por las ventanas con cierta melancolía. Y sin embargo esperan hasta el final, se mezclan con la gente, miran de reojo cuando algunos ya no tienen el pudor de cambiarse al aire libre.

“No todos vienen por sexo, pero en toda relación de amor hay uno que domina”, dice Francis. Ellen guarda sus zapatos en un morral. Nancy se va con un tipo que ha conocido. Olivier es enfermero y ha venido desde Lyon. Yo regreso a casa caminando y cuando paso frente al local donde me recargan los cartuchos de la impresora entiendo de dónde se me hacía familiar el rostro del tipo del zentai.
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Las cenizas se han acumulado en la mano del cenicero humano.Su ama jala la correa. Él dice que está cansado en esa posición. “Entiendo, entiendo”, dice ella, y con sus guantes de terciopelo le abre la boca y lo obliga a tragarlas. La familia sigue mirando desde el puente del Arzobispo. Desde allí no pueden ver que las marcas de las cuerdas en las muñecas de la modelo son reales. Que también son reales las llagas en las nalgas de los tipos que terminan su mojito y se preparan para ir a la planta baja de la barcaza, donde está la fiesta.

 

 

 

 

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