Periodismo

Un año después del ruido

publicado en EL ESPECTADOR

 

Todo el mundo creyó que era pólvora. Esa es la frase que regresa, ese ruido, un poco adelantado para diciembre y muy atrasado para los tradicionales totes del 14 de julio. Luego (una y otra vez lo dicen) hubo un silencio. Y de ahí los gritos, la conciencia de haber recibido un disparo que llega primero como ese calorcito de la sangre y sólo al rato, el dolor.

Pero el dolor puede durar toda la vida.

Hasta hace apenas seis meses, Aude, como prefiere que la llamen, pudo salir del Hospital Militar de Los Inválidos de París. Fue a ese centro médico, especializado en tratar traumatismos de guerra y que hasta entonces había recibido casi exclusivamente miembros de las Fuerzas Armadas, al que desde la misma noche del ataque fueron enviados los heridos más graves.

“Es que tenían el mismo tipo de heridas que tratamos en soldados que regresan de Afganistán”, decía a la revista Paris Match el doctor Sylvain Rigal, especialista en la materia. “La diferencia es que el soldado sabe que eso puede pasar. Nadie puede estar preparado, pero para un militar es más fácil aceptarlo, porque en cierta manera hace parte de la profesión”.

Sin ser una gran fan de Eagles of Death Metal, Aude acompañaba a un grupo de amigos. Frente al escenario recibió una bala en la cadera y varios fragmentos explosivos en la espalda. Si bien el proyectil la obligó a pasar media docena de cirugías antes de volver a caminar (ahora lo hace con ayuda de un bastón que espera dejar de lado en unos meses), dice que es peor el dolor casi constante que le causa un nervio seccionado por las esquirlas. Aude acaba de enterarse de que el Bataclán abre de nuevo sus puertas con un concierto de Sting a beneficio de dos de las asociaciones que reúnen a los sobrevivientes y familiares de las víctimas.

“Ah, pero detesto la música de Sting”, dice (medio) en broma. Luego (medio) se corrige.

“Yo no sería capaz de volver. No he vuelto a ir a un solo concierto”.

Mientras reabrían el teatro el sábado, Aude, junto a otros heridos que pasaron por allí y que todavía van varias veces por semana para la fisioterapia, visitaba a los seis pacientes de los ataques que aún siguen en el Hospital de Los Inválidos. “Con ellos se crearon lazos muy fuertes. En medio del dolor y la frustración en la que se vive, porque la rehabilitación es muy lenta y los trámites interminables, se vivía en comunidad. Había gente que pintaba y que tocaba guitarra”.

Si la reapertura de la más que centenaria sala de espectáculos parisina y las seis ceremonias de inauguración de placas conmemorativas que Hollande presidió en la maratónica mañana del domingo parecen cerrar un ciclo para una ciudad que nunca había imaginado vivir una noche como la del 13 de noviembre, los sobrevivientes y las familias de las víctimas consideran que aún hay una enorme distancia entre el discurso y la realidad. Los primeros se lamentan de la complejidad del papeleo necesario para obtener las compensaciones por los meses en los que no pudieron trabajar, lo que se agrava en el caso de quienes como consecuencia de los ataques sufren una invalidez permanente.

“Tuvimos el caso de un joven que se encontraba en el bar La Belle Équipe, al que tuvieron que amputarle un brazo y una pierna. A pesar de eso necesitó más de seis meses para que le reconocieran una pensión, pues según los ‘expertos’, aún era apto para trabajar”, dice un miembro de la asociación Noviembre 13: Verdad y Fraternidad. Emmanuel Domenach, vicepresidente de esa misma asociación, dice que a algunas de las víctimas incluso les entregaron un formulario en el que tenían que llenar una casilla marcada “Autor del atentado”.

“Para quienes no fueron heridos pero tienen problemas psicológicos, aún es más difícil”, dice Valentine Juttner, asesora jurídica de la Asociación Francesa de Víctimas del Terrorismo. “A los que estaban en el Bataclán les pedían la boleta como prueba, como si uno pensara en guardarla. Para los que estaban en los restaurantes, era todavía más difícil demostrar su presencia”.

 

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130 personas murieron y 352 sufrieron heridas en la noche del 13 de noviembre, pero la cifra de testigos y familiares que necesitan tratamiento psicológico sería de más de cuatro mil personas.

En su billetera, Ahmed aún conserva su tiquete, más bien la hoja impresa de un boleto comprado en internet. Recibió una indemnización provisoria de dos mil euros un mes después de los atentados. Él y el amigo al que acompañaba pasaron tres horas encerrados en un camerino. “Yo no vi nada. O no recuerdo haber visto nada. Los ruidos sí, pero entre donde estábamos y donde pasó todo había un corredor y varias puertas, así que nos llegaban de lejos. No había ráfagas, sino tiros cada diez segundos. A un ritmo muy regular. Cuando salimos porque entró la policía, había mucho humo. Yo seguía a la gente. Tal vez con los ojos cerrados. Yo no vi nada y sin embargo recuerdo todo eso”.

Ahmed dice que gracias a la comprensión de sus jefes no perdió su puesto en una sociedad de logística y transporte. “Yo no dormía y no soportaba estar detrás de una puerta. Ellos entendían que estaba muy lento y torpe. Yo no tomaba alcohol y empecé a beber y luego tomé medicamentos para dormir durante meses. Todavía dejo la luz encendida, pero lo peor es que uno piensa en los que no tuvieron esa suerte”.

Ahmed dice que sólo dos veces se ha vuelto a ver con el amigo al que acompañaba ese día. “Somos muy cercanos, hablamos mucho por Facebook y Whatsapp, pero las dos veces que nos volvimos a ver en persona, casi no hablamos y sobre todo nos daba mucho miedo”.

También estuvo ausente de las ceremonias del domingo. “Me siguen asustando los gentíos”, agrega. “Supongo que, como todo, eso se va a calmar con el tiempo”.

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