Opinión

Manual de (no) violencia para antitaurinos

También yo estoy decepcionado con la actitud que hace dos semanas tuvieron algunos antitaurinos en alrededores de la Plaza Cultural la Santamaría. No me refiero, claro, a los que recurrieron a cantos, performances y fotografías de toros masacrados para despertar la sensibilidad de las almas sensibles que asistieron a la corrida. Tampoco a los que preferían las vías legales y recogían firmas para intentar acciones jurídicas contra el espectáculo.

Y sobre todo no me refiero a los que por medio de la fuerza intentaron bloquear el paso de los aficionados, llegando a escupirlos, tirarles orines y quitarles, para después quemar, sus sombreros festivos.

Los que me decepcionaron fueron los que se dedicaron a denunciar a este último grupo, que prefiero llamar los antitaurinos radicales, calificándolos de “vándalos” y “violentos” , en un perfecto copiar/pegar del lenguaje de la administración y de los pro-corrida. No puedo dejar de preguntarme si no se les pasó por la cabeza, que estaban saboteando su propia legitimidad al mostrar un movimiento y entregándole a los taurinos los argumentos perfectos para posicionarse, por oposición, como civilizados y respetuosos, una belleza de hermosura de ciudadanos ejemplares.

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El discurso oficial de nuestras democracias imperfectas, dice que una manifestación es aceptada cuando es “pacífica” y su disolución se justifica cuando es violenta. Pero en la práctica una manifestación se tolera cuando no representa un riesgo para el poder y se dispersa, a las malas, cuando deja de ser incómoda y se convierte en una amenaza real al establecimiento. Que al interior haya acciones radicales o no no tiene nada que ver y bien lo prueban la represión de los movimientos “Occupy” alrededor del mundo y de cada paro indígena o campesino en Colombia. El estado, o las personas que el estado representa, deciden donde empieza el vandalismo y por eso les queda fácil decir que vandalismo puede ser bloquear (por las buenas) una vía o retener (respetándolo) un funcionario.

Que el estado lo haga se entiende en términos estratégicos. Que lo hagan los opositores contra sí mismos es una jugada estúpida. Sin duda al interior de los taurinos hay diferentes líneas y diferencias en la manera como tratan de mantener a flote una práctica en franca decadencia. Sin embargo nunca vamos a escuchar a un taurino lanzando acusaciones contra su propio campo.

Las voces que defienden la tauromaquia lo hacen (obvio) a capa y espada, llegando incluso a presentarse como una minoría víctima de la intolerancia. Son un bloque sólido dentro de sus diferencias.

Muchos de los que están contra las corridas, y entre ellos decenas de columnistas blandengues, salieron a pedir tolerancia y negociación. No han entendido que hay situaciones en la vida que exigen una posición, clara , carajo. Y esta es una de ellas. No se tolera a quien está a punto de cometer una masacre o a quien la patrocina. Se le detiene, por la fuerza si es necesario.

Supongo que la diferencia esencial entre los antitaurinos radicales y los que los critican es el valor de la vida del toro. Para los segundo vale lo suficiente como para defenderla, pero menos que un carro quemado , un ventanal roto o una bolsa de orines en el traje nuevo de un taurino. O menos que la vida de un mano. Nadie está hablando aquí de tolerar un linchamiento (que no lo hubo), pero aquellos que frente a una situación extrema, digamos la inminencia de una masacre, recurren a métodos radicales para impedirla, no sólo no son “falsos antitaurinos”, sino que son los más verdaderos de todos: los que entienden que para ganar una batalla hay que pelearla, que pelearla tiene riesgos, que cada corrida que pueda realizarse es una derrota gravisíma y que el objetivo es impedir su realización a toda costa. La pelea se da en todos los frentes. Con la cultura, con la información, con los recursos legales, pero también logrando que ir a una corrida se convierta en una experiencia desagradable para los que van y que la existencia de la fiesta brava sea desagradable para la ciudadanía. El malestar con el bloqueo a medio centro de Bogotá el pasado domingo, es un punto de mucho peso. Y hay que agaradecerlo a los antitaurinos radicales, porque si Peñalosa tuvo que moviliza miles de policías y abandonar la ciudad a la delincuencia , un lujo que no podrá volver a permitirse, no fue porque le tuviera miedo a los performances, sino al mierdero que armaron los que sabían que no basta con estar allí para mostrar su desacuerdo con la corrdia sino para impedirla a toda costa.

Uno puede o no estar de acuerdo con que ese “a toda costa” incluya o no por ejemplo quitarle los sombreros a los taurinos, pinchar carros , tirar orines, grafitear la plaza. o romperle los vidrios al bus que lleva a los toreros, pero en ninguno de esos casos puede tratar de “Incoherentes” a quienes ejecutan esas acciones. A los antitaurinos no se les puede pedir que “por coherencia” terminen por negociar lo innegociable, ni que en nombre de esa coherencia acepten sin dar guerra las imposiciones de una minoría que tiene al poder y a las fuerzas militares (y paramilitares) de su lado, o pongan la mejilla izquierda cuando los antomotines les revientan la derecha con balas de goma.

La única “coherencia” que se les puede a los antitaurinos es, quién lo hubiera creído, que defiendan a los toros.

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